Yo no sé, no. Graciela y Alicia vinieron las dos con la noticia de que las novelas de la tarde, tanto las que pasaban por el Tres como por el Cinco de Rosario, las pasarían casi en horario nocturno. Y algunas parecían venir con un tono subidito en las escenas. Aparte regresaba Narciso Ibáñez Menta a un horario más o menos límite. Ya habíamos visto El muñeco maldito y eso era lo que más entusiasmaba a todos: el regreso de Narciso Ibáñez Menta.
José estaba realmente feliz porque, después de un parate, el 203 regresaba y llegaba hasta el Puente Gallego. Y había constatado que, a pesar del frío, había un hueco donde las mojarras, en el arroyo Saladillo, habían regresado. Él iba a aprovechar las vacaciones de invierno y llevar a los sobrinos a mojarrear. ¿Qué mejor para los pibes cuando las mojarras ya habían regresado?
Tamba recuperó el sueño después de constatar que los dos tordos que tenía habían regresado. Se habían pirado hacía dos meses y de pronto aparecieron. “Están cagados de frío, o de hambre, o extrañaban el barrio”, decía el Tamba, que con el regreso de los tordos estaba feliz.
Laura, por su parte, lucía una minifalda tableada. Habían tenido un pasar efímero hacía dos años y volvían, regresaban. A ella le encantaba. Y empezó a mandar a la modista casi todas las polleras, o por lo menos más de la mitad, para que fueran tableadas.
Patricia, en tanto, regresaba del kiosco con media docena de cajitas de maní con chocolate. Decía: “Regresó el matiné en el Gran Rex y yo voy a ir apenas comience. Me estoy equipando con la golosina que más me gusta. A veces la compro en el cine, pero es muy cara. En cambio, comprándolas por acá me sale más económico y disfruto más. Y aparte, si el regreso del matiné es medio larguito, uno ya está equipado con las cajitas de maní con chocolate”.
Tiguín apareció contento con una bici negra. Contento también porque los volantes, los manubrios media palomita, habían regresado a imponerse después de los manubrios de bicicleta para carrera. Esos manubrios de las bicis a él le gustaban. Por ahí se recostaba e imitaba que andaba con una gran moto, tirado para atrás.
Pií, de repente, antes de las vacaciones, regresó a su mejor actividad, que era hacer, con un cuchillo y madera, cualquier juguete que los pibes le propusieran. “Hacé un Winchester recortado como el de Randall el justiciero”. Y tenía trabajo para rato. Los pibes le pagaban. Él no quería cobrarles, pero los pibes le traían la madera y unos pesitos. Y volvió al oficio de tallar juguetes.
Laura y Mabel le preguntaban a la abuela si era cierto que había regresado el Trencito de la Alegría, y que llegaba hasta Lagos y Biedma, y que cruzaba toda la ciudad. Había desaparecido por un momento, pero ahora, capaz que con la llegada de las vacaciones de invierno, volvía. Y estaban a la expectativa de ese regreso.
Carlos no estaba de buen humor porque a él no le gustaba que hubieran regresado las camisas leñadoras. Estaban en todas las tiendas y casi todo el mundo las usaba. A él no le simpatizaban mucho. Así que se veía raro porque parecía sapo de otro pozo, entre tantas camisas leñadoras que habían regresado a la barra. Casi todos los pibes la tenían.
Juan Carlitos y el Huguito habían encontrado un kiosco donde habían regresado las bolitas: las blancas, las de porcelana, las lecheras y más. Los bolones también, tan blancos como las lecheras. Parecía que ya no se fabricaban más, pero de pronto aparecieron.
Manuel estaba tan contento que iba y venía cada vez que estábamos en la esquina o en la plaza, caminando como su loro. Un petizo chueco que había regresado y por el que él ya estaba angustiado. El loro casi ni hablaba, no repetía ninguna palabra, pero era simpático y una gran compañía. Manuel hablaba con el loro y contestaba por él, porque el loro nunca dijo una palabra. Y cuando volvió, Manuel no aguantó la alegría y la manifestaba caminando como si fuera su loro.
La pequeña Susi respiró tranquila cuando vio que la novela que a ella le gustaba, Rolando Rivas, taxista, seguía con la intérprete de pelo rubio, o castaño, y su flequillo. Porque hubo tres o cuatro meses en que se había puesto de moda el pelo negro azabache. Y a ella le quedaba bien el pelo negro azabache, pero decía: “Voy a gastar plata, ¿de dónde saco para teñirme?”. Cuando vio que seguía el rubio, o el castaño, que parecía que estaba de regreso, aunque en realidad nunca se había ido, respiró tranquila la pequeña Susi.
Pedro, antes de llegar a la plaza pasó por un quiosco, por puchos. En el quiosco había un pequeño televisor y de regreso andaba volando Superman. Los pibitos lo estaban viendo en dibujito. Cuando terminó de comprar los cigarrillos pasó un flaco en bicicleta que hacía un par de años siempre decía lo mismo, mirando hacia el cielo: “Se viene el regreso. En cualquier momento regresa el General. Hay que estar atento al cielo”. Cuando llegó a la plaza empezó el reparto de cigarrillos que había comprado en el quiosco. Un aire fresco y seco había regresado.
Nos dimos cuenta de que no podíamos sentarnos en cualquier lado. Hacía más frío que ayer, pero ese aire seco que llegó de regreso nos hacía sentir bien. Lo disfrutábamos más. O por lo menos no sufríamos el frío. Y aunque nuestros bolsillos estaban secos, nos sentíamos bien.
Bien también se sentía la Martita, que estaba con nosotros. Cuando prendió el cigarrillo que había traído Pedro y vio que era un Ken. La Martita, cuando lo prendió y tiró la primera pitada, dijo: “Volvieron los rubios largos. A pesar del frío, volvieron los rubios largos. Están de regreso”.
Publicado en el semanario El Eslabón del 4/7/26
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