Yo no sé, no. Pedro se acuerda que justo a la edad de largar los pantalones cortos, era la edad de encarar a las pibas. Él sentía que era medio corto de palabra, y confiaba más en las miradas, pero temía que pudieran apodarlo para siempre el “corto de chamuyo”.

Un día que había un montón de pibes en la cancha, se hizo un torneo a la bolsa y de casualidad salió un equipo formado por todos petisos. Ellos mismos se pusieron “el equipo de los cortos”. Eran retacones pero de buen manejo de pelota y jugaban con pases cortos, contra el piso y al rastrón. Una vez faltó uno y Pedro tuvo que jugar para ellos. Me acuerdo que me dijo que estaba tranquilo porque eran de usar los codos ¿te imaginás un codazo en los genitales? es para agarrarse a puñetes toda la tarde, me dijo entre risas. También se acuerda de José Luis, que como dice la canción de Serrat, no hizo la mili porque no dio la talla. Pero el petiso cerraba el puño y sacaba un mazazo terrible. Tenía que saltar para pegarte, pero si te embocaba era como un martillazo. Y había un flaquito que era bueno para ir a afanar mandarinas, porque era livianito y cuando se subía al árbol no se rompía ninguna rama.

Pedro piensa cómo serían en la primera resistencia los cortos mensajes que vendrían de Madrid, y también los que apenas se podían dar los compañeros en la calle durante la última dictadura. Y sostiene que a las pintadas habría que llevar un corto siempre, para que ponga “luche y vuelve” abajo, sin agacharse.

Cuando íbamos al cine –sigue Pedro–, el deseo era que pasaran un corto de alguna película prohibida, eso a lo que ahora le dicen trailer, de la Sarli, por ejemplo. Ahora, viendo que se meten hasta con el propio cine nacional, Pedro cree que habría que hacer cortometrajes, para taparles la boca. Son entre 5 y 30 minutos, imaginate todo lo que se puede decir, incluso sin palabras, con imágenes. Es más, ante esta avanzada de la derecha en la región, hay que apelar a todos los cortitos, hasta al de Karadajián, para tumbar a este Goliat que parece imbatible.

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