Yo no sé, no. Graciela e Isabel ya sabían de la función de cine que iban a dar en el Anastasio Escudero. Era una película que estaba buena, pero ellas ya la habían visto. La Gra y la Isa se iban a fugar, se iban a pirar en medio de la función, y estaban planificando cómo rajarse sin ser vistas. Estaban planificando la gran fuga.

Raúl y Carlos, una vez cerca de la aceitera, cuando alguien del equipo le metió un bollo al uno del local, también habían planificado la gran fuga, o mejor dicho la gran retirada. Tuvieron que retroceder todo ordenadamente porque había un sólo lugar para salir y, si se confundían, perdían todo. Raúl fue el responsable de que saliéramos casi todos vivos de ahí, o por lo menos ilesos.

La Mónica le decía a la Evita, mostrándole un panadero que ya tenía la semilla puesta y estaba levantando vuelo: “Mirá, se está con el pancito”. “Yo cuando tenga la edad –decía la Mónica– me rajo con un panadero”.

José y Tiguín estaban cerca de la Florida. Se hizo de noche y Tiguín no era mucho de pescar. Al rato hizo una galleta tremenda con un montón de línea. José dijo: “Si me quedo voy a empezar a los bollos. Mejor pierdo un par de líneas y nos fugamos. Por culpa tuya, Tiguín, por desordenado”. Y de ahí se rajaron de la rambla, porque estaban pescando ahí.

Laura vino con la noticia de que la María se había fugado. Se había fugado. Para ella se había fugado con el churrero, no con el que jugaba al fútbol, sino con el otro, el que pasaba todos los días y le dejaba de vez en cuando media docena de churros. La fueron a buscar a la casa y ahí le dijeron que “se fue a la casa de la abuela”. Pero todos pensaban que se había tomado el raje y se había fugado, o por lo menos eso pensaba Laurita y lo iba desparramando.

La pequeña Susi decía: “El día que yo me fugue, lo primero que voy a hacer es saltar de este tapialito. Yo no puedo tomar el colectivo, porque me conocen. Laburan parientes nuestros. Así que voy a tener que rajar para otro lado”. Estaba planificando alguna escapada a territorio que ya prácticamente no conocía. Igual, decía, “no me voy a ir para siempre. ¿De qué me voy a alimentar? Voy y vuelvo en un par de días”.

Pií estaba cerca de la jaula de Tamba y la estaba toqueteando, como para que los jilgueros, las corbatitas y algún que otro cardenal la pudieran abrir y emprendieran la fuga. Se había enojado con Tamba. “Mejor que se rajen estos pájaros –decía Pií–, hace un montón que están acá. Que emprendan una fuga que valga la pena”.

Pedro, Juan Carlitos y creo que también andaba Ricardo, estaban por el centro cuando vieron unas corridas, iban y venían. “Esto parece una película”, decían. Uniformados que van para un lado, estudiantes que van para el otro, y de pronto una gran corrida, como una gran fuga. Parecía que era para atrás, pero con el tiempo supimos que era para adelante. Corrieron casi todos los estudiantes, casi todos, menos uno: Luis.

Publicado en el semanario El Eslabón del 23/5/26

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