Un ex sindicalista y empresario de la noche, un ladrón de camiones blindados, un hacker, un abogado sin escrúpulos, un tumbero, un ex soldadito narco y una mujer enigmática buscarán dar el golpe de sus vidas: asaltar el casino City Center. El narrador de esta historia es Juan Bustamante, un joven periodista que, a pedido de La Morocha, la chica enigmática y fatal de la cual se enamora, irá enlazando a estos siete locos en una trama coral que confluye en las puertas del casino de la Circunvalación, y que tiene como protagonista principal a toda la ciudad del Rosario. City Center es una novedad a medias. Primero porque la impronta de la escritura de Marcos Mizzi (Rosario, 1991) se viene leyendo en Apología, revista de periodismo narrativo de la ciudad en la que el autor despunta un estilo propio como pateando la calle. Segundo, porque esta novela, la primera del autor, es también el debut de Pesada Herencia, un sello cooperativo que emerge en medio del florecimiento de editoriales independientes y autogestionadas en la ciudad, y en una coyuntura mezcla de rabia y desamparo. Y tercero, porque City Center, dentro de la tradición de la novela realista, muestra a una Rosario totalmente diferente, y se pone cabeza a cabeza (para buscar referencias locales) con Las colinas del hambre, que la periodista y narradora Rosa Wernicke escribió en los ‘40 sobre la miseria y la sordidez de una ciudad que por tradición le da la espalda a la pobreza, esa pobreza que persiste en los márgenes y que 70 años después Mizzi narra en casi toda su complejidad de manera desprolija pero sobre todo desprejuiciadamente y con mucha frescura. Es decir, sin solemnidad ni dramatismo, sino socarronamente, un poco con cinismo pero romántico al fin. Digamos que es una escritura un poco enamorada de esa marginalidad que se regodea en la mística luciferal y bandoleresca del imaginario arltiano. Escribe Mizzi: “Los lúmpenes eran para Yuri, los únicos seres humanos que estaban vivos realmente”. No olvidemos que los limados que pretenden llevar a cabo el robo del siglo son siete, como los locos de Arlt, y Bustamente, el periodista y narrador se incorpora con eficacia expresiva al mundo de sus personajes mediante un uso pragmático del lenguaje coloquial o más bien cabeza, con sus retorcimientos y simplificaciones. Escribir como se habla, puede ser un recurso estético pero también una forma de comprender al mundo. Al fin y al cabo, lo dijo Bernardo Soares (Pessoa): “Que obedezca a la gramática quien no sepa pensar lo que siente. Que de ella se sirva, en cambio, quien sepa mandar sobre sus expresiones”, porque “lo propio del alma es serse”.

En City Center está metida toda la ciudad como un organismo vivo, desquiciado, que se abre como una flor podrida. Así se expanden las fronteras de la realidad enlatada de las clases medias con grandes aspiraciones, y ahí están las instituciones que se consagran al Mal, como el Casino mismo, la Fundación Libertad, el diario La Capital, y en menor medida El Cairo, por poner ejemplos. El periodismo es criticado a piedrazos, pero también es honrado, y no en la mención a Walsh, sino en la crónica de paravalancha desde la popular del Gigante de Arroyito. Por último, en la Rosario de esta nueva runfla literaria también existen las pasiones que se viven a la luz mortecina de un bodegón, en una partida de ajedrez acompañada de un chamuyo larguísimo y monologuista, o  la transa en el despacho de un comisario de la zona sur. Y por supuesto, en los rinconcitos fértiles donde siempre aparece el amor (¡qué lujo!) para hacernos olvidar, aunque sea por poco y cueste demasiado caro, todo lo feo que puede ser el mundo.

 

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