Una mañana, cuando María Cristina cursaba el secundario, se puso a raspar con paciencia un banco todo escrito para dejarlo bien lisito. En la escuela no le creyeron que era solo eso lo que hacía y, aunque protestó, se ligó varias amonestaciones. El hecho no pasó de ser una anécdota escolar: su atención no estaba en lo que le sucedía a ella, sino que su mirada siempre la ocupaba el otro. Su alegría era tan contagiosa como sus convicciones de rebelarse ante las injusticias: alfabetizar en Villa Banana, ayudar con las tareas escolares o acercar algún juguete, frazada o alimento eran cuestiones cotidianas en su vida. A Tina –como le decían cariñosamente– le gustaba cantar, nadar estilo mariposa y cada tanto discutir con su papá por su práctica militante, aunque rápidamente se terminaban fundiendo en un abrazo que saldaba cualquier diferencia. El deseo de cambiar un mundo plagado de desigualdades ocupaba el mayor espacio de su tiempo, militando junto a otras compañeras y compañeros de la Juventud Peronista (JP). Sin embargo, como le pasó a miles de jóvenes de los ’70, María Cristina Márquez fue víctima del Terrorismo de Estado. El 17 de octubre de 1976, cuando le faltaba poco para cumplir los 22 y estaba embarazada de cuatro meses, fue fusilada junto a seis compañeros de militancia en lo que se conoce como “La masacre de Los Surgentes”. Hoy, estudiantes secundarios del ex Liceo de Señoritas le ponen voz a su historia.

Es casi una tarde perfecta de invierno, de frío y mucho sol. La conversación entre las profesoras y directora discurre en los términos de cualquier escuela secundaria, de todo un poco, desde lo pedagógico hasta conseguir un aula para la charla que viene y ver que el último papel que pide el Ministerio esté terminado a tiempo. Pero esta vez, la atención se la lleva el trabajo de investigación que encaró el 5° año E del turno tarde, motivado por el profesor de historia, Carlos Cárdenas. La cuestión era saber sobre el pasado reciente, develar si había ex alumnas víctimas de la última dictadura. Y desde ya hacer de la consigna “Memoria, verdad y justicia” un hecho concreto, un aprendizaje de esos que calan hondo y perduran.

Enseguida chicas y chicos buscaron en legajos y archivos del ex Liceo de Señoritas, en el período comprendido entre 1970 y 1977. Leer, comparar datos, confirmar en el propio salón de clases aquella dolorosa revelación que hizo la Conadep que “…en nombre de la seguridad nacional, miles y miles de seres humanos, generalmente jóvenes y hasta adolescentes, pasaron a integrar una categoría tétrica y fantasmal: la de los Desaparecidos”, (del prólogo del Nunca Más, septiembre 1984). En esa invitación a recorrer la historia argentina, desde el lugar más cercano, se reveló el nombre de María Cristina Márquez.

María Cristina ingresó en 1973 al entonces Liceo de Señoritas. Venía del Normal 2. Su nombre ocupaba el número 17 en la lista de 4° año primera división del turno mañana. También figura -N° 15- en el registro de asistencias y calificaciones del 5° año primera división del año 1974. Para ese entonces tenía 20 años. El paso que siguió para las y los estudiantes fue reconstruir su historia, saber quién era, qué pensaba, qué soñaba. Otra vez la lectura de notas periodísticas, las entrevistas ayudaron, pero más contactarse con su hermano Marcelo.

Foto: Candela Robles

Por donde estuvo Tina

Es la primera vez que Marcelo Márquez entra a la escuela donde su hermana terminó la secundaria. Dice que lo conmueve pensar que por esas aulas, escaleras y patios caminó Tina, y seguramente intensificó su compromiso militante. Alguna vez, cuando era adolescente, pasó por enfrente de la hoy Escuela Secundaria N° 432 Bernardino Rivadavia, quiso entrar para tener esa sensación de reencuentro preguntando por su hermana, pero no lo dejaron pasar. El agradecimiento a la actual directora, Sandra Bembo, es inmediato. Ella también afianza ese compromiso para que no haya lugar al olvido. Y desde un lugar clave.

Foto: Candela Robles

La charla se abre y suma a las y los estudiantes de 5° año, ya en uno de los salones. Es Marcelo quien pide se lea en voz alta un texto que describe quién era su hermana, cómo era, cuál era su compromiso. Lo escribió Carlos Usinger, un compañero de militancia de María Cristina, para cuando se cumplieron los 30 años de “La masacre de Los Surgentes”, y lo leyó por primera vez frente a la ex Jefatura de Policía, donde estaba el Servicios de Informaciones de Rosario, y estuvo secuestrada la joven. “…Lo primero que llamaba la atención de Tina eran sus grandes ojos oscuros y su pelo negro, largo, que solía peinarse tirante, hacia atrás lo que le otorgaba un cierto parecido a Evita, a la que admiraba profundamente y trataba de imitar con su militancia. Vestía sencillamente: camisa, vaqueros, zapatos mocasines, con la misma sencillez de los pobres a los que dedicó su corta vida…”.

El relato la ubica en diferentes imágenes de su militancia: trabajando en una de las “chocolateadas” para los pibes del barrio Bella Vista Oeste, ofreciéndoles una merienda y haciéndolos jugar de manera incansable, con una energía única y un gran amor por la infancia. “Todas las injusticias la ofendían, fundamentalmente la pobreza”, la recuerda el texto de Usinger, que cierra resaltando la solidaridad enorme que la caracterizaba, comparable a “un árbol fuerte y generoso, capaz de cobijar a otros seres bajo sus ramas, de los que hacen de esta sociedad un lugar digno de ser habitado”.

Nadar mariposa

María Cristina nació el 25 de diciembre de 1954, en una Navidad, era la hija del medio de la familia Márquez Luna. Su papá Héctor, su mamá Ana, su hermana mayor Graciela y su hermano Marcelo. La primaria la hizo en la escuela pública de barrio Agote, la N°77 Pedro Goyena, su barrio, donde transcurrió su infancia. Le gustaba mucho hacer deportes, practicaba natación en el Club Rosarino Estudiantil. Era muy buena nadando, en especial disfrutaba del estilo mariposa. “Nos llevábamos 10 años, ella era más grande. Cuando yo comencé a ver su actividad, la veía hacer todo con tanto entusiasmo que la endiosaba”, dice Marcelo y suelta una sonrisa cómplice al recordar que cada tanto se llevaba de su casa uno de sus juguetes o una frazada para quienes consideraba eran más necesarias. “Siempre algo de mi casa faltaba…”, cuenta con un gesto de aprobación. La relación con sus padres la define como una “rebeldía dulce”. “Recuerdo algunas peleas, varias con mi papá, pero pasaban, porque la ternura estaba siempre presente”.

Foto: Candela Robles

Marcelo es profesor de educación física, psicólogo especializado en deportes e integró el cuerpo técnico de la selección de fútbol de Perú, en el último Mundial. Habla tranquilo, paciente, propone no quedarse en la nostalgia cuando describe a su hermana como “una chica alucinante, a quien le gustaba la música, que cantaba, que bailaba, que se reía en casa con sus amigos y amigas”. Pensarla siempre junto a otros –remarca– es la clave para vencer al olvido: “El que se piensa solo es el que desaparece, esa es la verdadera desaparición, cuando uno se piensa solo”.

Espíritu libre

Micaela Andreoni tiene 18 años, está en 5° y feliz de ser protagonista de un trabajo que marcará un cambio para su escuela secundaria. No solo piensan pintar un mural, sumar una actividad colectiva basada en los derechos humanos, sino además descubrir una baldosa en la puerta de la Rivadavia que lleve el nombre de María Cristina. Pasar así la posta a las nuevas generaciones. Habla y se emociona proyectando que quizás hasta un aula de su escuela pueda tener una foto de la joven, con quien se identifica en sus ideales.

Foto: Candela Robles

“Cuando empezamos a investigar vi el trabajo barrial que ella hacía, que se metía en Villa Banana, que laburaba con los chicos, intentaba alfabetizarlos. Es fácil hablar, lo difícil es llevarlo a los barrios, donde la gente lo necesita”, dice Micaela, quien no deja pasar por alto la ironía de que a María Cristina la hayan asesinado un 17 de octubre, “justo el Día de la Lealtad”.

En el curso, hay otra Micaela, Lizarraga es su apellido, de 17 años. Se presenta como de esas chicas que nunca les prestó atención a la militancia, menos a la historia argentina. La investigación que llevaron adelante le cambió la perspectiva. Al principio tomó la propuesta del profesor Cárdenas, “como algo más que se plantea y después queda en la nada”. Esta vez no fue así: “Fue emocionante, porque al principio era como una carrera, para ver quién encontraba primero un dato. Y después, cuando lo encontramos, nos chocó la realidad”. A Micaela la sorprendió saber que María Cristina trabajaba sin importarles las etiquetas, solo pensando en los demás. “Algo que yo valoro muchísimo, algo increíble”.

Foto: Candela Robles

También le gustó conocer que tenía sueños y era rebelde como cualquier joven enamorada. “Me acuerdo una anécdota que contó el hermano: ella tenía un novio que iba a la casa y le llevó una alianza, creo que entonces tenía 18 años ¡Por dios, yo creo que a los 18 años no podría tener una alianza!” Pero ella era así. Me gustaría describirla como un espíritu libre”.

Catalina Ranucci –también de 17 y de 5° año– asegura que conocer la historia de María Cristina la ayudó “a crecer como persona”. Lo dice por el trabajo social que hacía la ex alumna del Liceo de Señoritas en las zonas más olvidadas de la ciudad de entonces. No se llega fácil a esos lugares tan precarios –sostiene Catalina– para ayudar a los demás.

Y está convencida que “es el afecto, el cariño, la comprensión y la atención” que brindaba a las personas lo que mejor la describen. “A todos nos dejó una marca”, afirma y confía que eso va más allá de su presencia física.

Además de las Micaelas y Catalina, el proyecto que le puso voz a esta historia también lo protagonizaron Nair Albornoz, Walter Bellucci, Leonardo Broin, Brisa Fernández, Lautaro Pérez, Rosa Portillo, Marianela Ríos, Nicolás Ubal, Stefanía Valdez y Lucas Villarino, estudiantes de 5° año.

Fumar en el baño

“Era adorable, amorosísima, dulce…”, elige dibujarla Silvia Pascazzi, una ex compañera de secundaria, que desde fines de los ochenta vive en Trelew. “Yo me enganché con Cristina desde el inicio, éramos bastante amigas, siempre fue muy llamativa su predisposición a hacer el bien”. Silvia es quien le acercó a las estudiantes de 5° año la anécdota del banco por el que María Cristina recibió las amonestaciones.

Se disculpa por no recordar muchos detalles de cómo era en su vida cotidiana, sí ayuda a reconocerla en una foto colectiva, en blanco y negro, donde las ex alumnas del Liceo posan en el ingreso de la casona de Oroño. “Hacíamos en la escuela lo que hacen todas las adolescentes, cosas como fumar en los baños”, se ríe recordando a su amiga que define como “más bien insurrecta y antireglas”.

Cuando Silvia se fue a vivir al sur, perdió contacto con sus compañeras de secundaria. No hace muchos años, mirando un programa de Canal Encuentro sobre “La masacre de Los Surgentes”, se enteró de lo que le había pasado a su querida amiga de curso. Una enorme tristeza la invadió primero, luego quiso saber más sobre este capítulo de horror de nuestra historia. “Ella murió en su ley, luchando”, dice ahora.

Ese pesar se transformó en alegría –la misma que siempre embanderaba a su compañera de estudios– cuando hace pocas semanas, una alumna de 5° año de la Rivadavia la contactó por Facebook. Y otra vez la memoria de María Cristina se hizo presente en su vida, en la de todos.

Foto: Candela Robles

También Sonia

Después del secundario, María Cristina ingresó a trabajar al Frigorífico Swift, “enrolándose en el área sindical”, tal como lo menciona el texto de Carlos Usinger. Por esa misma época, otra joven de 18 años era empleada y delegada en el mismo frigorífico. Se llamaba Sonia Beatriz González, otra víctima de la dictadura, a quien se llevaron de su casa de Centeno y Necochea, el 14 de julio de 1976 y desde entonces está desaparecida. En 2012 la Escuela Secundaria 551 de barrio Tablada, el barrio de Sonia, eligió llevar su nombre. Se convirtió así en la primera escuela santafesina en recordar a las víctimas del Terrorismo de Estado, con esa denominación elegida por los estudiantes.

“Quizás alguna vez María Cristina y Sonia se cruzaron”, se le escapa en voz alta al profesor Carlos Cárdenas que también participó en el proyecto del nombre de la escuela de Tablada. Enseguida asocia estas historias a las de tantos jóvenes, víctimas de la dictadura cívico militar, que los tuvo como blancos predilectos de sus crímenes. Pide no hacer lugar al olvido y cita a Mario Benedetti y su libro “El olvido está lleno de memoria”.

La masacre

A María Cristina la detienen el 2 de octubre de 1976, junto a su compañero y pareja Daniel Barjacoba, en San Nicolás, cerca del arroyo Ramallo, en el barrio de Somisa. Los trasladan al centro de detención ilegal y clandestino que funcionaba en el Servicio de Informaciones (SI) de Rosario, hoy sede de Gobierno de la provincia de Santa Fe. Allí también llevaron a Cristina Costanzo, Analía Murguiondo, Sergio Jalil, Eduardo Laus y José Antonio Oyarzábal.

En la madrugada del 17 de octubre de 1976, los siete jóvenes militantes de Juventud Peronista y Montoneros, fueron llevados a un camino rural cercano a Los Surgentes (provincia de Córdoba). En ese lugar, con los ojos vendados, los fusilaron, los acribillaron y dejaron tirados. Un paisano del lugar vio los cuerpos y dio aviso del macabro hallazgo. La identidad de las víctimas se pudo conocer porque una encargada del Registro Civil del lugar les tomó las huellas digitales. Sin embargo, la dictadura se encargó de prolongar el silencio sobre el destino de estos jóvenes. Hasta que se filtró una información que permitió llegar a conocer que los cuerpos habían sido enterrados en una fosa común en el cementerio de San Vicente de la ciudad de Córdoba. Pero la perversidad infinita de quienes estuvieron a cargo de la recuperación de los restos de los siete jóvenes ordenó que se los incineren. Las cenizas fueron arrojadas en una fosa, debajo de la cruz mayor del cementerio cordobés. Eso fue en 1985.

Actualmente el juicio por memoria, verdad y justicia para las víctimas de “La masacre de Los Surgentes” se tramita en los Tribunales Federales, en la causa Feced III.

Foto: Candela Robles

 

Foto: Candela Robles

La foto

Camisa azul a cuadritos, cabello suelto y sonriendo. Así se la ve a María Cristina en la foto que trae su hermano Marcelo a la escuela. Hizo tres o cuatro copias, “para que queden, las repartan”. Se lamenta no tener otras fotografías, quizás solo quedan algunas de cuando era más pequeña. En esa –dice– tenía 20, 21 años. Es la imagen de como mejor la tiene presente, y que circula por todos los sitios donde se cuenta la historia de “La masacre de Los Surgentes”, donde se elige no olvidar.

Marcelo agradece la invitación de la Escuela Rivadavia, de poder estar ahí, donde estudió su hermana. “Es muy fuerte, es donde seguramente ella cantó, jugó y estuvo con sus amigas”, reconoce mirando para todos los espacios posibles.

De vuelta por un breve recorrido, cuenta que en un salón de clases había una inscripción que hablaba de “lo importante de ser”. “Yo creo que de eso se trata, a diferencia de lo que pasa ahora que nos quieren vender o hacer pensar que lo importante es parecer o tener. Lo importante de esto es que se reivindica lo que nosotros somos. Y somos esto. No hay que renegar ni olvidar, hay que aceptar y traerlo al presente. Una manera de morir es el olvido. En la medida en que sean recordados por todos y por ustedes, Cristina y sus 30 mil compañeros no van a morir nunca”.

 

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