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“Algunas mujeres, como Melchora Cuenca, eran altas feministas y reconocidas como lanceras”, indica Rosana Carrete, directora del Museo Histórico del Cabildo de Montevideo. La memoria de Melchora es una de las pocas de las que se lograron hallar documentación e imágenes. Sucede que más allá de su fuerte presencia y actividad revolucionaria, fue esposa de José Gervasio Artigas. Una de las formas en que una mujer accediera al relato clásico era que fueran esposas, hijas, hermanas o amantes de un hombre de cierto prestigio.

Pero de Melchora no se recuerda mucho que en 1820 se separó de Artigas, siguió combatiendo y se casó nuevamente, algo no bien visto para entonces. La memoria de Melchora es una de las tantas rescatadas en la muestra “Mujeres de dos orillas”, un proyecto producido colaborativamente entre el Museo Etnográfico y Colonial Juan de Garay, de Santa Fe, y el Museo Histórico Cabildo de Montevideo, en 2019. “Buscamos visibilizar el protagonismo de las mujeres en ambas márgenes del Plata durante el siglo XIX”, dice Rosana a El Eslabón.

Tras exponerse en la capital oriental, la muestra se presentaría en Santa Fe en marzo último, pero ante la emergencia sanitaria fue postergada. Por su parte, Rosa García, coordinó desde el Museo Etnográfico santafesino la investigación y muestra. “Revisitar la historia del Río de la Plata en el marco de las revoluciones de Independencia, desde la perspectiva de los estudios de género, tiene varias complejidades”, señala Rosa (Ver “La presencia femenina forjó parte del pasado, pero no los relatos”).
“Consideremos que, si bien las revoluciones de independencia y su impacto en el litoral rioplatense son un objeto de estudio ampliamente abordado por la historiografía, construir la interpelación desde la perspectiva de género es una tarea en proceso de construcción”, advierte Rosa, profesora del Instituto Superior del Profesorado de Santa Fe y coordinadora del Seminario de Sexualidad Humana y Educación.

Memoria y visibilización

“Tras investigar durante diez meses, junto con las curadoras Jimena Perera y Cynara Mendoza identificamos tipologías femeninas específicas: la mujer urbana, la lancera y la cautiva. Las que vivían en la Ciudad Vieja eran de extractos culturales y económicos más altos, vinculadas con sus maridos en lo revolucionario, pero no en papel decorativos, tenían papel activo”, indica Rosana.

Se suele decir que participan donando joyas, cociendo banderas y uniformes, pero “también organizaban tertulias donde discutían junto a hombres cuestiones políticas. No se quedaban en casa doblando calcetas”, afirma. También resalta el caso de mujeres que como integrantes de su familia, marcharon con el éxodo del Pueblo Oriental junto a Artigas en 1811.

Por su parte, la profesora Rossana Molinari, en Mujeres en la Historia, resalta que “las mujeres de sectores sociales descendidos, que eran quienes básicamente participaban de los procesos revolucionarios no podían acceder a un retrato”.

Las de las praderas

Sobre las mujeres del campo, Rosana retoma lo que dice José Pedro Barrán (historiador y profesor uruguayo, 1934- 2009), en sus libros sobre la Historia de la sensibilidad en el Uruguay. El investigador plantea “la mujer gozaba de otra libertad, y sobre todo en la pradera, propia de las culturas originarias. Destaca la existencia de dos códigos en la Banda Oriental del siglo XIX: los códigos opresivos de la ciudad y la libertad del campo”. En la campaña, estuvieron en los fuertes y las pulperías, como espías o combatientes.

En la presentación de Mujeres de dos orillas se subrayaba que “en la campaña, estuvieron en los fuertes y las pulperías, así como combatieron y fueron espías. Muchas se comprometieron con las ideas revolucionarias dentro y fuera de los campos de combate. Otras participaban en hospitales de campaña o asistiendo en los campos de batallas a los caídos”.

Las “Niñas de Ayohuma”, que suponíamos más buenas que las Ingalls, eran hijas de la parda María Remedios del Valle (47) luego nombrada capitana por Belgrano y llamada “la Madre de la Patria”, que ya había guerreado contra las invasiones inglesas con Belgrano, y en la derrota de Ayohuma, (noviembre de 1813, cerca de Potosi). Habría que aclarar que a veces aplicaban medicina preventiva, para impedir que fueran heridos sus compañeros, y también achuraban a soldados del otro bando.

La Guayreña

El Durazno, a unos 190 kilómetros al norte de Montevideo, “fue un punto central para Artigas” –indica Rosana–, para la defensa del interior, como apoyo al ejército patrio y para asistir a “los Huérfanos de la Patria”, los botijas que habían perdido a sus padres.

Hoy, una antigua casa resguardada como museo, indica en un cartel que allí vivió “La Guayreña”, paisana oriental de la “Patria Vieja”. En esa época de guerras, había mujeres que, al quedar sin compañero, no sólo tomaban su puesto de lucha, también resguardaban a la familia y sus chacras.

La montevideana Cayetana María Leguizamón (1770-1852), al casarse con Vicente Báez –de la región paraguaya del Guayrá–, fue apodada como La Guayreña. Se establecieron en la actual zona del Durazno y, al estallar la revolución, Vicente se unió al artiguismo.

Tras morir Vicente, en 1816, Artigas le entregó a Cayetana unas tierras en la zona. Años después, según relata la escritora duraznense Celestina Andrade de Ramos, la Guayreña se casa con un oficial del ejército del fundador de Durazno, general Fructuoso Rivera: Hipólito Cuadra, quien también caería en la batalla de India Muerta (1845).

Al enviudar por segunda vez, Rivera le donó tierras cercanas. También hay leyendas sobre una relación con Rivera, y hasta con Artigas, cuyas familias eran amigas. Lo que sí está confirmado por los viajantes que pasaban por el lugar, es la hospitalidad con la que los recibía y criaba hijos, nietos y “huérfanos de la Patria”.

Lógicas museológicas

Desde 2013, Rosana dirige el Museo del Cabildo y apuesta a un “ideal del arte como una herramienta de transformación social”. Trabaja por resignificar la lógica museográfica, replantear distintos relatos y el “pensamiento crítico hacia la historia que nos contaron”. Es licenciada en Artes Visuales y Comunicación, cursó una maestría en educación. “Los museos son espacios de socialización, de educación, de construcción de ciudadanía y yo intento aplicarlo a cada exposición”.

Agrega que “si entendemos los museos como instituciones productoras y difusoras del conocimiento, que contribuyen a la construcción y recreación de la memoria colectiva a través del rescate, la preservación y la exposición del patrimonio; problematizar y enfatizar las representaciones femeninas y genéricas en las propuestas museográficas se torna imprescindible”.

Rosana sostiene que “pocas veces lo que se investiga en la academia llega al sistema educativo. Esta exposición pretende afectar la forma en que se relata la revolución oriental en las escuelas y liceos, y que los docentes comiencen a cambiar el discurso”.

Fuente: El Eslabón

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