Yo no sé, no. Pedro recuerda que en la pieza, sentado en la cama mirando la pared, se decía a sí mismo: era por abajo, era por abajo. Dos días antes, el jueves por la tarde, en la vereda de la casa de la calle Zeballos, pintó un fulbito con una de cuero livianita e inflada al mango, lo que la hacía media incontrolable y cualquier pique se elevaba. Dos veces cayó en un patio donde el que vivía no era muy amigable que digamos. Esa tarde la sacamos barata, después de unas horas del primer “Don, nos alcanza la pelo? y cuando ya oscurecía, la peló volvió a picar en nuestra vereda como si se hubiese fugado. El viernes volvieron a pegarle a la de cuero con tanta mala suerte que se escuchó: “¡Qué pendejos!, ya van a ver”. Todos salimos corriendo, nadie quedó en la calle, algo había roto ese último pelotazo. Por eso, ese sábado, a Pedro la madre lo tenía sancionado, encerrado en la pieza.

Mientras miraba la pared, Pedro se imaginaba un agujero que le facilitara la fuga para ir a ese encuentro que ahí afuera parecía llamarlo.

Ese año, un grupo de la Juventud Peronista ayudaba al sable de San Martín a escaparse de un museo. Independiente salía campeón, Central empataba el primer partido en La Plata contra el tripero, 2 a 2, y unos de los goles de Gimnasia lo convertía Alfredo Rojas, el Tanque, y para el canaya metía uno el Flaco Menotti. Central terminaba con 22 puntos, si no se podía campeonar, había que fugarse del último puesto. Los clásicos en Rosario volverían al año siguiente.

En sexto grado, Pedro, a la 1 de la tarde, estaba a metros de la dirección, contra la pared, en penitencia después de hora, acompañado por uno al que por primera vez lo sancionaban. En un momento determinado, al ver la soledad de la escuela, Pedro empezó con su compañero a caminar hacia la puerta. Afuera, a unas cuadras, lo esperaría la sonrisa de esa piba a la que una vez le dijo que se escaparía de cualquier sanción. Más tarde lo esperaría la reprimenda de la madre, pero quién le sacaba ese gustito a victoria que había tenido en esa fuga premiada con aquella sonrisa de aquella piba.

En el 72, con su amigo Carlos decidían anotarse para ir de noche al Superior de Comercio. Retomar los estudios era como una salida, una fuga hacia adelante. Ese año, San Lorenzo salía campeón y Morete, el goleador.

La presión en lo político y social iba en aumento. En Rawson, unos presos políticos lograban fugarse a medias y a los pocos días, la dictadura de Lanusse tomaba una decisión: la masacre. Una pintada se leía en las paredes de casi todas las ciudades: “Trelew, la Patria Fusilada”.

La otra tarde, ventosa, como haciendo honor a agosto, con Pedro nos acercamos a unos gurises que trataban de rescatar la pelo de un viento endemoniado. Pedro, cuando tuvo cerca la pelo, la paró y les dijo: la salida es por abajo.

Por abajo, protegiendo, vacunando a los más pequeños, con más y mejor laburo, con más y mejores escuelas que sean una salida. Que de vez en cuando sea lindo “fugarse” y que por abajo vuelvan a atraparnos los sueños, como aquellos de tener la Gran Patria Liberada.

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