Yo no sé, no. Pedro caminaba sobre el cordón de la vereda, por Zeballos, llegando a Rodríguez, había llovido y todo estaba resbaladizo. En una mano llevaba una pelo de cuero número 3 y en la otra un envase de vino, iba a comprar flit. Aunque no había empezado la primavera, siempre después de una lluvia aparecían los mosquitos, saliendo detrás de los helechos del patio como aviones japoneses saliendo de una Isla del Pacifico en busca de la flota yanqui. El caminar sobre el cordón era un ejercicio para templar las piernas que a la vuelta del almacén tenían que venir acariciando, conversando con la número 3, como si estuviera en un medio campo eludiendo rivales, tirando paredes, pisarla y arrancar de golpe como saliendo de un garabato cerrado de piernas adversarias con pinceladas de talento. Ese año, el almirante Rojas y Menéndez encabezaban una revuelta contra Guido, que quería salir de ese garabato de la dictadura pero sin el peronismo. Los Beatles grababan Please Please Me y por acá, el santiagueño Leo Dan sacaba su primer LP. En Central, sólo el Flaco Menoti tiraba alguna que otra pincelada. Ñuls seguía en ese enredo judicial que lo mantenía en la B, de ese garabato saldría recién en el 64.  

En la cancha de Acindar, cuando en la hora de gimnasia pintaba un fulbito, el mediocampo era un embrollo hasta que aparecía algún pisoteador y con alguna pincelada sacaba al partido de ese garabato inicial.

Pedro, que había escuchado por la radio eso de “dibuje, maestro, dibuje”, me pedía que cuando se acercaran las pibas a mirar, yo gritara “dibuje, Pedro, dibuje”. Es que cuando aparecían ellas, nuestras mentes se iban del partido.

Una noche, por el 73 o 74, cerca del Superior, estábamos buscando una pared para realizar una pintada al otro día y Pedro decía que teníamos que encontrar la última frase para las pintadas que íbamos a hacer como Centro de Estudiantes, algo que fuera permanente, que se sintieran todos representados y que trascendiera lo partidario.

La otra tardé, viendo a unas pibas que llevaban la carpeta de dibujo, se acordó de la de él, la marrón con elástico y sin forrar, esa en la que a veces llevaba hojas a cuadritos para matemáticas, algún que otro mapa sin terminar, volantes de alguna actividad, boletos que habían pegado en el palo para ser capicúas y muchos garabatos en los márgenes. Es que Pedro, como muchos, ante un problema o queriendo redondear alguna idea, se ponía a garabatear, dibujando futuro, pincelando los sueños que terminaran en victorias colectivas. Entonces, me mira y me dice: “Parece que hay días en que todo es un embrollo, puro garabato cerrado, y no aparece la pincelada que nos dibuje la salida”. Mira a las pibas nuevamente y les dice, elevando la voz: “Dibujen, maestras, Dibujen, y no le tengan miedo a los garabatos que  de ellos saldrán las pinceladas que vuelvan a darle colores al dibujo de sus sueños y al de la Patria”. Mientras las pibas se alejan, y aunque ya no lo escuchan, Pedro se manda bien fuerte un: “¡Hasta la victoria!”

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