Yo no sé, no. Laura esa semana estaba que no cabía en su propio cuerpo porque en la clase de gimnasia había pegado el salto más importante de todos. Había superado no sé cuánto, cerca de los dos metros y estaba re contenta.

La Moni también estaba orgullosa de su salto porque casi ninguno había podido agarrar la anteúltima mandarina que estaba en un árbol por la calle Quintana. Ella se pegó una pequeña carrera y no sé cómo hizo: llegó con los dos dedos y la bajó. Era de las últimas mandarinas que quedaban. Ella atrapó la anteúltima.

José, por su parte, había recibido unas herramientas para que encarara el revoque fino. Era todo un salto de calidad para José. El revoque fino no era para cualquiera. Y él, con su corta edad, ya le había agarrado la vuelta. Se sentía orgulloso con el fratacho en la mano.

Carlos estaba conforme porque esa semana ya no necesitaba, él que jugaba de dos o de seis, cuidar el primer palo en los córners. Porque con dos pasos pegaba un salto, la veía siempre venir, le había agarrado la mano a estar ahí, en la cueva, en el área nuestra. Entonces decía: “No, no, no malgastemos un tipo en el primer palo. Yo cuido el área chica y el primer palo a la vez”. Estaba saltando lindo. Dos pasos y un salto impresionante.

Graciela por esos días recibía una carpeta de dibujos, unos mejores que otros. Y dijo: “Miren, miren, uno parecido a este viaja a Santa Fe. Fue seleccionado”. Todos pensábamos: por fin se dieron cuenta del salto de calidad que tenía Graciela cuando dibujaba. En la escuela la seleccionaron. Los mejores dibujos iban al Ministerio de Educación de Santa Fe y quedaban como el mejor dibujo de la Anastasio Escudero.

El Huguito había encontrado un quiosco donde aparecían los hilos especiales para el yo-yo, con una textura especial y encerados. Él estaba mandando con hilo de barrilete. Decía: “El salto de calidad que va a tener. Cuando la duerma, cuando haga el dominó o el medio mundo, se va a notar. El quiosco está por la cortada. Vayan todos a comprar y pídanle hilo para el yo-yo. Para el yo-yo Russel, que era el mejor”.

Isabel venía contenta de la calle Francia o de Biedma, que estaba por ahí, de fetiche porque había traído unas púas. En ese comercio habían aparecido unas púas especiales para el Winco y no saltaban tanto. “La calidad se va a notar –decía– cuando pongamos los long play. Esta púa dura más y parece que sonara mejor. Y sin salto. Por más que los discos estén baqueteados y medio rayados. Es una púa especial”.

Manuel, mientras tanto, estaba orgulloso porque estaba saltando de a dos durmientes en la vía que pasaba por Vera Mujica. Ese era el último año que pasaba el tren por ahí. Y en Biedma, casi Suipacha, por ahí o cerca, pegaba un salto de dos durmientes. “Aún cuando sintamos la bocina del tren que se acerca”, decía.

La pequeña Susi, cuando escuchó hablar de «salto», entendió mal e hizo todo lo posible para que los padres la dejaran ir a un «asalto», una reunión, una juntada bailable que hacíamos por lo general nosotros, pero que no estaba programada. De pronto dijo: “Yo para el sábado estoy lista, ya tengo permiso”. Y bueno, tuvimos que organizar algo para que la pequeña Susi no se pusiera mal. Y aparte nos gustaba. Siempre que nos juntábamos era un salto cariñoso en los asaltos que hacíamos, de música, bailes, lentas, cumbia y algún rock nacional.

Hacía un año que venía el pavimento desde el mercado hacia Biedma, de completar tanto Cafferata como San Nicolás. Era un salto de calidad. Decía Pedro: “Perdemos los campitos, perdemos las canchitas, pero aparecen los galpones, las pequeñas industrias. No es la pérdida total. Algunas canchitas no van a estar, pero aparecen galpones y se necesita laburo en el barrio”. Y empezaron a aparecer los galpones. Los pibes que dejaban de ser infanto juvenil ya tenían su primer laburo por ahí.

El viernes a la tardecita íbamos tempranito a la placita. Pedro iba con Raúl y sintió la sirena de la fábrica. “Habrán adelantado algún turno”, dijo. Era una sirena tranqui. “Bueno, nos quedamos escuchando. No pasó nada. Habrá un cambio de turno más temprano que lo habitual”. Siempre estaba bueno escuchar la sirena de la fábrica y no la sirena de la policía, ni de la ambulancia ni de los bomberos. Salvo cuando los bomberos se enganchaban en algún festejo.

Tiguín nos alcanzó y decía: “Qué salto de calidad. El Valiant levanta el vidrio automáticamente”. El Valiant, no sé si el uno o el dos, tenía el levanta vidrio automático.

Cuando llegamos a la plaza, nuestro ánimo pegó un salto cuando vimos a las pibas que ya habían comprado bizcochos. Alguna había preparado una canchita para jugar un fulbito o cualquier cosa improvisada.

Prendimos el anteúltimo cigarrillo y del bar del Toti se sentía: «Salta, salta, salta, pequeña langosta». Nos tentamos y fuimos por el lado más ancho de la zanja, cerca de la placita. Y, como si fuéramos pibitos de seis o siete años, pegamos el salto.

Estaba todo bien en el barrio. Los saltos, como los rebotes, estaban todos de nuestro lado. Sólo había que aprender a saltar. Y habíamos aprendido.

Publicado en el semanario El Eslabón del 11/7/26

¡Sumate y ampliá el arco informativo! Por diez mil pesos por mes recibí todos los días info destacada de Redacción Rosario por correo electrónico, y los sábados, en tu casa, el semanario de papel de El Eslabón o la versión web elesla.com. Además participás de sorteos y descuentos en comercios amigos. Para suscribirte, envianos un mensaje por Whatsapp.

Más notas relacionadas
  • Luche y vuelve

    Yo no sé, no. Graciela y Alicia vinieron las dos con la noticia de que las novelas de la t
  • Colgado en la rama

    Yo no sé, no. Laura estaba preocupada porque iban a sacar un árbol que estaba al lado de l
  • Centro a la olla

    Yo no sé, no. Esos días de junio todavía no había empezado el invierno, pero hacía un frío
Más por Hilo Negro
Más en Columnistas

Dejá un comentario

Sugerencia

La venta de la patria, postergada

El Senado aprobó con 62 votos a favor, tres en contra y una abstención, pasar a cuarto int