Yo no sé, no. Esos días de junio todavía no había empezado el invierno, pero hacía un frío de invierno. Era un otoño que se despedía en modo invierno. Graciela y Laura llegaron con una idea fija. “Vamos a hacer un guiso entre las dos y después armamos una juntada”, dijeron. Cada una tenía su método. Iban y venían alrededor de la gran olla, tapando y destapando, tapando y destapando, vigilando el fuego lento y los ingredientes que, según ellas, un guiso para días fríos tenía que tener..

José, en cambio, venía con poca pesca. Apenas tres sábalos medio chicos, algo para rellenar la parrilla. Pero había conseguido a buen precio una tapa de asado y nos invitó a unos cuantos.

Carlos estaba contento porque había encontrado un cinco para el equipo. Vivía en barrio Plata. “Más que un tapón, es una tapa que abre y cierra el juego”, explicaba. Es que cuando marcaba no pasaba nadie. Y cuando recuperaba la pelota parecía que se destapaba el equipo y aparecía lo mejor de ese mediocampo.

La Mónica y la Eva, cuando aparecía alguna moneda, se iban los jueves hasta lo de Don Mauricio. Ahí vendían las Terrabusi en lata. Esperaban el momento en que el repartidor llegaba y el hombre levantaba la tapa. “Están fresquitas”, les decía. Y ellas se quedaban mirando cómo se destapaba la lata antes de comprar medio kilo o, cuando daba, hasta un kilo entero de surtidas.

Tiguín estaba abocado a una changa que le había caído. Se las rebuscaba en la mecánica para todo. Esta vez había que cambiarle la tapa al motor de un viejo Ford y no conseguía la forma de hacerlo. Repuestos ya no había y fabricar una nueva costaba unos cuantos pesos. Así que por esos días iba y venía preocupado por la tapa del viejo Ford.

Por esos mismos días Piñataro, un vecino que tenía un emprendimiento haciendo tapitas para botellas de aceite, juntaba recortes y sobrantes. Todo eso terminaba en manos de Pipi, que las reciclaba. Con esas chapitas y sobrantes aparecieron los primeros revólveres y los autitos con ruedas de metal.

Ivana e Isabel llegaron un viernes cruzando la vía desde barrio Acindar. “Hay un quilombo bárbaro. Se destapó todo”. Venían con la data de que una flaca denunció que le habían robado ropa tendida y al toque empezó el rumor de que era un pata de lana que andaba con la flaca. Y el barrio Acindar era un chusmerío. “Se destapó la olla”, repetían. Y empezaron a aparecer más de un gorreo. Ellas se acomodaron para contar cada detalle de aquel gran destape.

A Juanca y al Huguito no los podíamos sacar de al lado de la pared. Eran los más chicos y se la pasaban jugando a las tapaditas con las figus. Los más grandes ya habían dejado de jugar, pero ellos eran los últimos que seguían jugando a la tapadita. Como ya no los dejaban usar las paredes por romperlas, se las arreglaban igual. Y hasta que no caía la noche no había forma de sacarlos de ahí.

Manuel andaba entre preocupado y contento. Le habían regalado una olla nueva. Cocinaba a leña desde que vivía con el abuelo. El problema era que no tenía tapa. “Un guiso así necesita una tapa como la gente”, decía sobre el guiso que arrancaba desde las 6 de la mañana, a fuego lento. Improvisó una tapa con chapas, pero no lo convenció. Necesitaba una tapa como la gente.

Pedro apareció en la plaza con los cigarrillos guardados en una latita de té que le había regalado la abuela. La lata originalmente iba a ser costurero, pero él la transformó en cigarrera. Lo más parecido a las que veíamos en las películas del agente 007. Primero guardó paquetes enteros. Después, cuando las monedas empezaron a escasear, fue llenándola con cigarrillos sueltos.

Cuando Pedro llegó a la plaza, sintió que la radio del bar de Toti repasaba las cabezas de las últimas quinielas. Había salido el 23, el cocinero. Después vinieron las noticias. Hablaban de corrupción, de empresarios con el gobierno de entonces, que no era el peronismo porque estaba prohibido, había un teje y maneje medio raro, se estaba destapando algo fulero. 

A eso de las siete y chirolas la llovizna había parado y con un poco de retraso apareció el churrero. Traía la canasta destapada y los churros parecían recién hechos. Estaban bien tapados y calentitos. Al rato llegó la pequeña Susi con una mantita sobre los hombros. “Me dejaron salir si me ponía esto”, explicó. “Es como una tapa que me cuida los pulmones y la espalda con este frío.”

Mientras encarábamos los churros y Pedro abría una vez más la tapita de su cigarrera improvisada, alguien volvió sobre las noticias de la radio: “Cuando esto se destape va a explotar como una olla a presión. Y la presión va a venir de abajo”

Juntamos unas monedas, vaciamos la latita y fuimos hasta el kiosco de la esquina por cinco cigarrillos sueltos. El kiosco todavía seguía abierto.

Publicado en el semanario El Eslabón del 20/6/26

¡Sumate y ampliá el arco informativo! Por diez mil pesos por mes recibí todos los días info destacada de Redacción Rosario por correo electrónico, y los sábados, en tu casa, el semanario de papel de El Eslabón o la versión web elesla.com. Además participás de sorteos y descuentos en comercios amigos. Para suscribirte, envianos un mensaje por Whatsapp.

Más notas relacionadas
  • Un gran remedio para un gran mal

    Yo no sé, no. Graciela y Laura esa tarde vinieron con una cara de preocupación. Habían ido
  • Limpio y bien iluminado

    Yo no sé, no. Esa tarde Graciela y Laura tenían una sonrisa de oreja a oreja. Andaban con
  • Calentá que entrás

    Yo no sé, no. Graciela vino recontenta y nos dio la noticia: “Soy reemplazante”. Claro, el
Más por Hilo Negro
Más en Columnistas

Dejá un comentario

Sugerencia

Para proteger a Adorni en el Senado el oficialismo postergó importantes proyectos

La Libertad Avanza decidió hacer fracasar la sesión para priorizar la barrera al jefe de G