Yo no sé, no. Pedro se acuerda que un día apareció un petiso, pícaro, en el barrio y en los picaditos, y al toque le pusieron Lamparita. Algunos decían que era porque siempre tenía olor a kerosén, porque en la casa lo mandaban a comprar kerosén suelto; otros porque tenía esa costumbre de agarrar un terrón y apuntarle al alumbrado público, aunque él decía que le apuntaba a la campana, a lo que protege la lámpara. “No voy a dejar a oscuras a nadie”, decía.

Jugaba bien al fútbol el petiso, pero era intermitente, como las lámparas esas amarillentas del barrio que apenas levantaba viento se prendían y se apagaban. Ya en la época en que militaba, Pedro decía siempre en las reuniones: “Se nos tiene que prender la lamparita, tienen que salir ideas nuevas”. Y cuando íbamos a hacer una pintada, en la previa del golpe, elegíamos alguna calle oscura para que las sombras fueran cómplices nuestras, bien lejos de las lamparitas.

Enseguida llegó la gran noche de la dictadura militar, civil, eclesiástica. El apagón del apagón, como en Jujuy, cuando salían a secuestrar gente por orden o sugerencia de los dueños del azúcar, y de media provincia, esos que hoy están vivitos y coleando por las calles.

Si nos la hubiésemos visto venir, y se nos prendía la lamparita, capaz eso no ocurría. O capaz que ocurría igual, porque la represión era necesaria para esos sectores como condición sine qua non para pagar todas las luces que tenía el pueblo, todas esas mentes iluminadas por las lamparitas encendidas por un mundo mejor.

Ahora, se acuerda Pedro, con la situación actual, los sectores más pudientes, los que más tienen, los que acceden al shopping, están groseramente iluminados. Fijate la cantidad de lámparas que tienen iluminadas, me dice Pedro, mientras nosotros, en los sectores más populares, las lamparitas apenas iluminan los viejos almacenes, los campitos, y parece que nos dejaran afuera de todo.

Pedro dice que ojalá que cambie el asunto y empiecen a aparecer nuevas lamparitas, o las viejas, para empezar a iluminar la parte oscura, la parte sombría de esta situación. Primero, para que nos reconozcamos, para ver la realidad; y después, para que vean que existimos y estamos con las luces prendidas, en todo sentido.

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