Hijas e hijos del Villazo repudiaron los fundamentos del tribunal que absolvió y dejó en libertad a los responsables de la brutal represión que sirvió de globo de ensayo de lo que luego sería el terrorismo de Estado.

El 25 de marzo de 1975, cuando sacaron a su papá Antonio en calzoncillos de su casa y lo subieron a un camión del Ejército, Mariela Luna tenía 9 años. Hasta el día de hoy recuerda el llanto de su hermano menor, la desesperación de su madre y una imagen que le quedó grabada a fuego: la misma escena ocurría en otras varias viviendas vecinas.

Tras años de silencio impuesto e impunidad, la lucha logró llevar ante la Justicia a los perpetradores de aquella feroz represión contra trabajadoras y trabajadores de la empresa metalúrgica Acindar que peleaban por sus derechos laborales y sindicales.

En noviembre de 2025, la Justicia desoyó los testimonios históricos y los pedidos por enmarcar esos crímenes –secuestros y asesinatos– como delitos de lesa humanidad, y dejó en libertad a los 17 acusados. Ahora, cuando los sobrevivientes, familiares, hijos e hijas de los obreros que padecieron el horror esperaban escuchar una justificación de parte del tribunal, se encontraron con un discurso negacionista, apologista, demasiado acorde a los tiempos que corren.

“Ellos (los jueces) hablaban de la teoría de los dos demonios, utilizando un lenguaje que no corresponde a un juez como usar la palabra homicidio en lugar de genocidio, como no reconocer el Albergue de solteros como centro clandestino de detención y llegar al punto de avalar la legalidad de la represión”, fustigó Mariela en diálogo con El Eslabón, desde la misma casa en la que hace poco más de medio siglo se llevaron a su papá en calzoncillos.

Nos jodieron 

El 4 de noviembre de 2025, cuando se iban a dar a conocer las sentencias en el marco de la causa conocida como Villazo, Mariela fue acompañada de su padre Antonio. Una multitud se congregó en las inmediaciones de los tribunales federales de bulevar Oroño y bajo la lluvia escucharon lo que nunca hubieran querido escuchar: los jueces habían resuelto absolver y dejar en libertad a todos los acusados: catorce policías federales, un guardia rural y los ex jerárquicos de Acindar, Roberto Pellegrini y Ricardo Torralvo.

“Imaginate la bronca que teníamos esa tarde tan gris, pero a la vez es como que ese día se empezó a mover una rueda, ese dolor y esa bronca nos unieron más y dijimos vamos a trabajar juntos como trabajaron nuestros padres, hoy nos toca a nosotros. A partir de ahí llegamos a Buenos Aires, fuimos al Congreso, seguimos hablando, hicimos una carta de descargo que la pasamos por varios medios y nos organizamos”, señala Mariela, y repasa: “Yo vivo fuera del país, me vine hace dos años para estar para el juicio, para apoyar, y me puse en querellante por mi papá, que no podía hablar. Mi papá me acompañó el día de la sentencia y en un momento se perdió, porque tiene parkinson y demencia señil. Le expliqué que estábamos en el juicio entonces él se me quedó mirando y me preguntó: ¿Nos jodieron? Sí, papi, nos jodieron”.

Respecto del recorrido que pudieron hacer las y los hijos de los obreros metalúrgicos, Mariela explica: “Un día me contacta Ernesto Rodríguez y me dice que estaban armando un grupo para que podamos hablar, porque también el hablar sana, y nosotros como hijos tenemos mucho dolor porque éramos niños. A través de las redes empecé a hablar con ellos y después cuando se venía el juicio decidí que tenía que venir a declarar. Ahí nos fuimos conociendo y hoy nos reunimos y lloramos y nos reímos también. Tratamos de seguir luchando para que no se pierda la historia, porque nosotros somos responsables de la memoria”. 

A Mariela, al igual que a muchas y muchos que lograron declarar en causas de lesa humanidad, aunque este tribunal y bajo este gobierno negacionista se empecinen en no enmarcar lo ocurrido en Villa Constitución en el 75 bajo esa figura, sentarse ante los jueces fue muy fuerte y marcó un antes y un después.

“El hecho de declarar fue también cerrar un poco. Y sacar también, porque nosotros no podíamos hablar, mi mamá nos decía que no hablemos, mi papá lo mismo. Nosotros salíamos a jugar, no entendíamos la dimensión de lo que estaba pasando. El día que lo llevan a mi papá preso, en la calle lateral a mi casa se llevaron a un montón de vecinos. Entonces declarar fue saber que yo no estaba sola, a pesar de que en aquellos años fui señalada por ser la hija de, y ese famoso algo habrán hecho que me resonó de nuevo cuando declaré y el juez puso en duda todo lo que nosotros dijimos. Pero es mi verdad, es mi niñez”, rememora Mariela.

Y concluye: “Obviamente revivimos un montón de historias y salieron cosas que por ahí no me acordaba. Mientras hablaba me salieron cosas que le decía a mi mamá porque nosotros salimos, yo lo vi a papi que lo tenían ya con los ojos vendados y lo tiraban arriba de un camión del ejército y lo agarré de la pierna. Esto fue declarar, sanar también”.

Publicado en el semanario El Eslabón del 7/3/26

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