En Grecia, el Fondo Monetario internacional (FMI) actúa junto a la Comisión Europea (CE) y el Banco Central Europeo (BCE). Forman la denominada troika que desde hace más de ocho años define los destinos del pueblo griego imponiendo condiciones que cambiaron profundamente la vida de la gente.

La crisis económica griega comenzó en 2009. El primer préstamo de la troika llegó en 2010. Fue el comienzo de una larga serie de negociaciones y renegociaciones. Con cada nuevo préstamo, a los que denominan “rescate”, se impusieron nuevas exigencias: recortes al gasto público, congelamiento y rebajas en sueldos, jubilaciones y pensiones, aumentos de tarifas y privatizaciones de empresas públicas.

Una de las patas de la crisis fueron los créditos hipotecarios, una burbuja que significó un gran negocio para los bancos y una tragedia para el pueblo. El resultado, desalojos masivos. Miles de familias quedaron en la calle, literalmente. De clase media a mendigos.

Los suicidios de jubilados constituyen una epidemia. Miles de jóvenes optaron por el exilio. Son apenas algunos de los síntomas de la descomposición. Todo un tejido social resultó destruido por la imposición de un grupo de banqueros.

El primer tramo de esta serie de ajustes lo llevaron a cabo gobiernos que, más allá de sus nombres, etiquetas o disfraces (Pasok, Nueva Democracia), se manifestaron sumisos a los dictados de la troika y ajustaron sin piedad al pueblo griego.

Pero en 2015, con la salida del primer ministro Andonis Samarás en medio de protestas generalizadas y batallas campales en las que el pueblo enfrentó a la brutal represión policial, y con la llegada al poder del joven Alexis Tsipras, líder de la Coalición de la Izquierda Radical (Syriza), se vislumbró una cierta esperanza.

Tsipras prometió no pagar a la troika y en su primera semana de gobierno tomó algunas medidas de carácter popular. Pero luego recibió un apriete de la CE y el BCE y de a poco fue cediendo ante las presiones hasta convertir su gobierno en una gestión ajustadora.

Lo que apareció en 2015 como una esperanza es hoy una de las expresiones más perversas del neoliberalismo: nada mejor que un gobierno surgido de una fuerza de izquierda para hacer el trabajo sucio.

La derecha hoy festeja. Lograron domar “la bestia izquierdista”. Pusieron en caja “al único gobierno díscolo de la Eurozona”. Las duras condiciones de la troika son cumplidas a pie juntilla. Y la situación social de Grecia se deteriora cada vez más.

La versión 2018 del FMI es tan brutal como cualquiera de las anteriores. Ajusta, hambrea y destruye el tejido social de los pueblos en beneficio de los banqueros. Esa es su función.

A principios de 2018, el BCE, el FMI y la CE condicionaron la entrega del último tramo del “rescate” a Grecia, poco más de 18 millones de euros, a la aplicación de un nuevo paquete de medidas de ajuste, que no solo avanza en materia económica sino que destruye derechos básicos de la ciudadanía, como por ejemplo el derecho a huelga.

Además, las nuevas exigencias de la troika facilitan los desalojos y las subastas al implementar un sistema vía Internet. Los nuevos ajustes imponen más recortes en el gasto público, más recortes en las pensiones y jubilaciones (los suicidios de jubilados son moneda corriente desde hace años) y más privatizaciones de empresas públicas.

La limitación al derecho a huelga cayó muy mal en el movimiento obrero organizado griego, que si bien se ha ido debilitando supo ser muy fuerte. Desde 2009 se organizaron más de 50 paros generales. Siempre hay alguna huelga en Grecia. Siempre algún servicio básico está cortado. Desde hace nueve años la crisis se nota en la vida cotidiana, en las calles, en cada rincón del país. Por las protestas, por los cortes, las barricadas, y la consiguiente represión. Y pese a la prédica de los medios hegemónicos al servicio de los poderes fácticos, que intentan engañar a la gente y crear una realidad virtual.

Muchas veces, los medios que defienden y justifican los ajustes son objeto de la ira de los manifestantes, que llegaron a quemar camiones de exteriores en las calles. Pasará a la historia, además, la actitud del sindicato de docentes, que decidió irrumpir en una canal de televisión durante la transmisión de un noticiero, porque era la única forma de hacer conocer sus reclamos.

Según informó Página 12, la Confederación General de Trabajadores Griegos (GSEE) y el sindicato de estatales ADEDY anunciaron la semana pasada una serie de medidas de fuerza desde el anuncio de estos avances sobre el derecho a huelga y denunciaron lo que consideran “dramáticos recortes de los derechos sociales y el programado aumento de impuestos”.

Los gremios griegos reivindicaron la “acción sindical libre, sin ninguna intervención estatal ni patronal en el ejercicio de los derechos colectivos de los trabajadores”.

Por su parte, Tsipras defendió su decisión esgrimiendo los mismos argumentos que viene utilizando desde su capitulación ante la troika: que no hay más alternativa, que debió taparse la nariz y aceptar, y que peor sería que gobierne la derecha. Esta vez dijo que es nulo el margen de maniobra que le dejan desde el FMI, el BCE y la Comisión Europea: “Nos enfrentamos a las exigencias de los acreedores respecto a la liberalización de los despidos, el restablecimiento del cierre patronal y el cambio del quórum para las asambleas sindicales de primer grado. Solo cedimos en lo último”, dijo el primer ministro, que ya tiene naturalizada la lógica de los aprietes y las concesiones de su parte.

Un crudo testimonio de la descomposición social

Los jubilados se suicidan. Los jóvenes se van a exilio en busca de un futuro mejor. Los desocupados deambulan sin rumbo por las calles. Hasta hace poco eran gente de clase media, pero ahora viven a la intemperie. Quienes no han perdido su casa, se esfuerzan por pagar los servicios, pero las tarifas no dejan de aumentar y se hace imposible. El combustible es impagable. Los que tienen vehículo, dejan de usarlo. Por otra parte, usarlo es un incordio. Siempre hay calles cortadas por las protestas. Mejor utilizar transporte público, si es que se cuenta con dinero para el boleto. Pero claro, muchas veces el servicio está interrumpido, por una huelga.

En este contexto se desarrollan las novelas policiales de la denominada trilogía de la crisis de Petros Márkaris Con el agua al cuello (2010), Liquidación final (2011) y Pan educación y libertad (2012).

La temática de la serie de novelas es la devastación de la sociedad griega a causa de los ajustes del Fondo Monetario internacional (FMI), la Comisión Europea (CE) y el Banco Central Europeo (BCE), la denominada troika.

Luego de la trilogía, pero dentro de la misma temática, se sumó luego Hasta aquí hemos llegado (2015). Las novelas tiene como protagonista al policía Kostas Jaritos que investiga crímenes directamente relacionados con este contexto marcado por la prepotencia de la troika y las reacciones que produce en una sociedad que se siente humillada por los banqueros del norte de Europa. Los asesinos que persigue Jaritos son vengadores que atacan banqueros, especuladores y oligarcas que se beneficiaron de la crisis a costa de los padecimientos del pueblo griego, que los considera héroes.

“Echo a andar hacia Sintagma. Camino cómodamente hasta la entrada del Parlamento, dado que el tráfico está interrumpido y los peatones ocupan todo lo ancho de la calzada. La muchedumbre se agolpa entre la entrada del Parlamento y la plaza. Debe de haber venido hasta el último jubilado del país. Ya estoy bajando las escaleras del metro cuando un jubilado me agarra de la manga y me zarandea: ¡Cobro una pensión de cuatrocientos euros al mes! ¿Qué quiere recortar la Unión Europea? ¿Qué alemán, francés o sueco puede vivir con cuatrocientos euros? Cada verano las islas se inundan de una marea de jubilados franceses, suecos y alemanes. ¡Y yo no puedo ver las islas ni con prismáticos, porque cuatrocientos euros al mes no dan ni siquiera para comprar prismáticos!, me grita”. La cita es de la novela de Márkaris, Con el agua al cuello.

El comisario Jaritos debe hacer su trabajo abriéndose paso entre la multitud que protesta. Debe contemplar con horror e impotencia el suicidio de los mayores. Y padece en carne propia los recortes de los empleados públicos en su propio salario. Su hija tiene problemas de trabajo, apenas puede subsistir. Su esposa tiene que realizar grandes esfuerzos para hacer rendir el dinero. Termina dejando de usar el auto para ir a trabajar, para ahorrar combustible. Los asesinatos que investiga, además, se relacionar con la ira que produce la angurria de los banqueros que sojuzgan al pueblo griego.

Fuente: El Eslabón.

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