Mantené los 2 metros de distanciamiento - Provincia de Santa Fe

 

Ex presa política y sobreviviente de la última dictadura cívico militar, querellante en los juicios de lesa humanidad, referente y fundadora de la Ronda de las Madres de Plaza 25 de Mayo, Ana Moro es la memoria viva del movimiento de derechos humanos en Rosario. Convocada para inaugurar un nuevo ciclo de Biopolítica, en una intensa entrevista repasó la historia de lucha que va desde los setenta al presente. “Sostener la ronda los jueves fue un pedido de las Madres, especialmente de Norma (Vermeulen). Ella nos hizo prometer que no íbamos a dejar la plaza que con Macri se había convertido en un lugar de referencias y movilizaciones de todo tipo”, asegura.

—¿Desde cuándo la política se hace presente en tu vida?—Yo siempre me interesé por lo que le pasaba al otro, por los problemas sociales, pero venía de una familia que no tenía militancia, salvo mi familia materna que eran todos peronistas, mi abuelo. En el secundario (Superior de Comercio) sí participé en un centro de estudiantes que querían realizar. Ahí ya tuvimos discusiones, algunos querían un centro más reformista, no tan político, y nosotras no estuvimos de acuerdo. Digo nosotras por mi hermana (Miriam, gemela) y por mi. Después en la facultad empecé a militar, habrá sido a los 18 años.

—¿En tu casa se hablaba de política, era un tema presente en la mesa familiar?

—Uno de mis tíos, Hugo, fue sindicalista del Correo. Mis abuelos todos peronistas, mi mamá también. Pero ni mi mamá ni mi papá tenían militancia. 

—¿Dónde tuviste una primera relación más orgánica con la política?—En la facultad de Humanidades de calle Entre Ríos empecé a estudiar Letras. Yo me había recibido en el Superior de Comercio pero nunca más me interesó la contabilidad. Ahí empecé la facultad de Letras, y mi hermana Psicología. El primer día que fuimos, había un curso de ingreso, y venían todos los jóvenes a hablar de que estaban en contra. Lo rendimos pero al final no quedó nadie afuera, no tuvo validez.

Comencé militando en la Unión de Juventudes por el Socialismo que pertenecía a un partido que en ese entonces se llamaba Política Obrera. Ahí milité varios años, hasta la previa al golpe, febrero de 1976. No estuve de acuerdo con la caracterización que hacían del golpe. Tenían la postura de que o venía el golpe o que prácticamente tomábamos el poder con las Coordinadoras Obreras que se habían ido formando. En realidad ya estaban muy golpeadas las Coordinadoras Obreras, y todas, o muchas, estaban dirigidas por el peronismo. Recuerdo haber estado en la reunión que se hizo en Villa Constitución, cuando vinieron todos los compañeros tan conocidos. Ahí habló un compañero nuestro, Fisher, que después lo asesinó la Triple A. Era imposible que tomemos el poder en ese contexto. Se venía el golpe.

Miriam enseguida se dedicó más a la política. Y después cuando en el ‘73 gana el peronismo, la JP dio cursos en la facultad, políticos, y a ella la mandaron a Periodismo. Estaba de responsable.

—¿Cómo era esa relación entre aquellas gemelas, una peronista de la JP y la otra trotskista del PO? ¿Discutían?

—Teníamos discusiones con mi hermana. Me acuerdo que cuando yo empecé a militar me escribieron en un papelito la Internacional para que yo la aprendiese; no había internet ni nada, todavía tengo el papelito. Mi hermana se reía y me decía: «la marcha peronista la canta el pueblo, no necesitás anotartelá».

Con mi partido estábamos en contra de todo. En el ‘73 yo quería votar aunque sea al MST o al PTS, no recuerdo cómo se llamaban en ese momento, y ellos (Palabra Obrera) votaban en blanco. Y yo también, de lo que me arrepiento. 

Después yo en el ‘74 estuve detenida, antes de la muerte de Perón, en mayo. Fue una detención espantosa, pensé que nos venían a matar, estaban todos de civil. Estuvimos varios días en cana. Estábamos dando una charla, en el local del Partido Obrero. Nos llamaron para que otro día fuéramos a que nos pintaran los dedos, y el partido nos dijo que sí, que fuéramos. Mi hermana me cagó a pedos. «Ni en pedo te presentás», me dijo. Gracias a ella, cuando me detuvieron por segunda vez en el ‘77, si bien está ahí anotado como que me estaban investigando, no figuraba como que ya había estado detenida. Me preguntaban y yo lo negaba. 

En febrero (del ‘76) yo había dejado de militar por diferencias. Recuerdo que fui a repartir volantes a Celulosa. Fui a tomar el colectivo a las 7 de la mañana. Era obvio que yo no era obrera de Celulosa. Bajé con todo los que iban a trabajar, eran como diez cuadras desde la parada del colectivo. Yo solita. Cuando vuelvo de dejar todos los volantes, que denunciaban que los milicos estaban secuestrando gente, cuando volvía para casa, pensaba que no había tenido ninguna seguridad, que había ido sola, y concluí que eso no iba nada bien. Encima ya no estaba de acuerdo con lo que planteaba el partido, por eso ya no estaba militando en el momento del golpe. 

Sí estábamos muy preocupados, toda la familia, por Miriam y Roberto (de Vicenzo, su cuñado). Ellos ya se habían alejado de la facultad en el ‘75, militaban en el barrio, se habían mudado a Villa Gobernador Gálvez. En febrero del ‘76 nació Gustavo (ya tenía a Darío), ella estaba con los dos nenes tan chiquitos. Mi mamá estaba siempre temerosa. Fueron a hablarles para convencerlos de que se vayan del país. Yo también les pedí que se cuidaran un poco más. Cuando vinieron a secuestrarlos Darío (el más grande) tenía un año y once meses y Gustavo tenía siete meses. 

Tuvimos muchas discusiones con Miriam, pero yo siempre estuve a su lado. Igual en ese contexto he ido a cuidar a los pibes y me he quedado a dormir en su casa. A pesar de las discusiones, teníamos una relación muy estrecha.

Ana Moro, Juan Cheroni, Miriam Moro y Roberto De Vicenzo, en 1975.

—¿Cómo te enteraste lo que había pasado con Miriam y Roberto?

—Yo estaba convencida de que a ellos (a Miriam y a Roberto) los habían matado. Me refiero a la época en que le habían puesto esa bomba a la Policía a la salida de la cancha de Central, días en que la cana estaba con mucho odio. 

Empezamos a buscarla, especialmente estuve acompañada por mi mamá, que me seguía a todos lados. En el ‘77 se empezaron a agrupar los familiares, en la casa de Lucrecia Martínez (después integrantes de Madres). En mayo del ‘77 nos secuestran a Juan (Cheroni, su marido) y a mi, estando embarazada de cinco meses. Ahí, en el Servicio de Informaciones, yo me entero que a mi hermana la habían matado y que a Roberto también. 

Apenas llegué, así como estaba, empecé a preguntar. En un momento pasó “El Pollo” (José) Baravalle, yo lo conocía, era muy amigo de Roberto, y pregunté. Me fui enterando que a Miriam no la habían visto ahí pero que a Roberto sí. 

Cuando salí, salí re mal, hubo que hablar a mi mamá. Juan le dijo que Miriam y Roberto no iban a volver. Hubo que hablar con los hijos. Después nació Sergio en octubre. Cuando nos secuestraron, nos secuestraron a Juan y a mi; a Estella que también estaba embarazada, la esposa de Hugo Cheroni (hermano de Juan), a quien también detuvieron. 

Hugo fue el único que no salió a los 11 días. Lo mandaron a Coronda y Juan lo iba a visitar. Y a fin de año, Hugo le dijo que estaban por hacer algo ahí, que si podíamos ir. Además estaba Tito Jaime, y su esposa Celia, que también nos pidió si podíamos ir. Ahí estuvo Monseñor Zaspe, estuvimos en la plaza. Y ahí me empecé a enterar que había familiares que se estaban juntando. Después nos encontramos en una misa, en esa iglesia grande de calle Presidente Roca. Ahí lo conocí a White, el esposo de María Rosa (Saint Girons, posteriomente referente de Madres de Rosario) con quien luego tuvimos una relación de años. En la misa pedían por los desaparecidos, por los presos políticos. Dimos una vuelta con las velas por la iglesia. Era diciembre del ‘77, a fin de año.

—Es decir, que al toque que saliste del Servicio de Informaciones, en plena dictadura, ya estabas participando de actividades con otros familiares…

—Si, a Coronda me fui con Sergio recién nacido. A veces pienso y digo «uy…todas las cosas que hice». Después estuve un tiempito descolgada porque el papá de Bouvier (Oscar, militante de la Juventud Peronista de Rosario, también desaparecido) me quiso ir a buscar a casa pero frente a mi domicilio había un gerente de Acindar que tenía custodia desde el ‘75, y eso lógicamente intimidaba a los familiares. Luego me enteré dónde estaban funcionando y empecé a ir, y desde ahí ya no paré.

—¿Qué te parece que es importante destacar de aquella primera experiencia del movimiento de derechos humanos, con Familiares como punto de encuentro?

—Ahí estábamos todos juntos. Había muchos padres en ese entonces, madres, hermanos también, pero jóvenes éramos pocos dado el terror. Hicimos cantidad de cosas. Y ese unirnos nos fortaleció muchísimo y también nos permitió sobrevivir, porque la pena era enorme. Íbamos a visitar a familiares que todavía no estaban nucleados. Charlábamos con ellos, nos contaban la historia, los invitábamos a participar. Eso era muy doloroso, con cada vista uno dejaba parte de uno mismo. Algunos se acercaban, otros no tanto. 

Yo rescato mucho esa época. Los domingos hacíamos asambleas. Siempre hicimos todo con esfuerzo, porque no recibíamos dinero, distinto era Buenos Aires. Hacíamos locros, ahí mismo en el local de la cortada Ricardone, que lo había hecho Fidel Toniolli, el sí era uno de los fundadores de Familiares. Éramos muy poca gente, y recuerdo que Fidel dijo: «Y, hay que tener muchos huevos para venir acá». Me acuerdo cuando en el ‘79, cuando lo secuestraron a Sergio Schilman, que fuimos al Comando, donde sabíamos ir, y siempre nos corrían. Conocí gente maravillosa. 

—¿Qué recuerdo tenés sobre cómo tomaban los medios de comunicación esas acciones tan valientes que emprendían en plena dictadura?

—No aparecían. Hicimos marchas también, pero no había noticias de lo que hacíamos, no nos daban bola. En el ‘78 publicamos una solicitada, sacamos en La Capital, pero teníamos que pagar. 

Sí nos daban bola los servicios, porque ahora que se encontraron los archivos se sabe que tenían anotadas marchas que organizábamos, quiénes hablaban, quiénes habían participado. Como una a la que yo no fui que habló Saab, que era un dirigente de la Liga Argentina por los Derechos el Hombre. Nosotros estábamos en la casa de la Liga funcionando. Cuando íbamos a la cortada se veía que había tipos en la esquina. Yo siempre entraba con temores. Algunos dicen que no tenían miedo, las Madres especialmente, tal vez porque no habían estado dos veces detenidas como en mi caso, no tenían la realidad profunda de lo que estaba pasando; todavía tenían esperanza de que los hijos volviesen, de que los tuvieran en algún lugar. Yo sí tenía miedo, pero no dejé de movilizarme por eso.

Ana Moro | Foto: Maia Basso

—¿Cómo viviste y vivieron el proceso de recuperación de la democracia?

—El cambio radical se dio después de Malvinas, cuando la dictadura estaba medio tambaleando. La gente se empezó a enterar de las barbaridades que habían hecho. Empezó a venir muchísima gente a nuestra actividad. Ya desde el ‘81 empezaron a largar compañeros y compañeras, presas y presos políticos, y muchos venían a incorporarse. Se hizo una actividad más política. 

En el ‘82 tuvimos la visita de (Adolfo) Perez Esquivel, eso sí salió en los diarios, fue en agosto. Ya teníamos Madres que iban a Buenos Aires. Recuerdo que al mediodía fuimos a almorzar con él. Nos amenazaron. Hicimos un acto en Luz y Fuerza, trataron de impedir que se hiciese. Esperanza (Labrador) me había pedido que yo hiciera una bandera de Madres, y Madres todavía no se había formado acá. Juan (Cheroni, el esposo de Ana) en una sábana pintó “Madres de Plaza de Mayo”. Yo me iba con eso al acto. Estaba toda la policía rodeando. Cuando entro a la sala, que estaba repleta, casi muero de emoción. Y en medio de eso sacamos lo que fue la primera bandera de Madres. Fue la primera actividad grande que hicimos.

El ‘83 fue un año de muchas movilizaciones. Hicimos el primer habeas corpus colectivo. Nos contestaron. Fuimos a declarar. 

Recuerdo una marcha muy grande en el ‘84, cuando fue el robo a tribunales (en el que se robaron pruebas muy importantes sobre el accionar del terrorismo de Estado en la ciudad). En ese momento ya no estábamos en la cortada, nos fuimos a calle Corrientes donde la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) tenía un local. Si bien teníamos discusiones y diferencias, actuábamos todos los organismos muy unidos. 

También empezamos con los testimonios de los sobrevivientes, se creó un lugar especial para eso, con Delia Rodríguez Araya. Eso lo hacía una comisión especial, había diferentes comisiones, de prensa, política, etcétera. Delia Rodríguez Araya que fue mi primera abogada, mi segunda abogada es Nadia Schujman.

También en el ‘83 otra cosa importante es que empezamos a usar las fotos de los desaparecidos. Todos estaban muy emocionados ante eso. 

—¿De qué manera recordás el Juicio a las Juntas y el trabajo de la Conadep?

—Con la Conadep nunca tuve esperanza. Ante eso, debo decir que sigo admirando a Trotsky (se ríe). Nosotros no estábamos con ese grupo de ilustres, sino que queríamos que se haga una Comisión Bicameral. Pero igual colaboramos. Acá en Rosario fue decorativa la Conadep, porque los testimonios se tomaron en Familiares y APDH, aunque algunos ellos tomaron. Con el juicio estábamos de acuerdo, a pesar de que era limitado. Era muy difícil entrar, iba mucha gente, muchos jóvenes. De acá de Rosario fuimos cuando declararon por lo de Los Surgentes. Recuerdo que luego fuimos a cenar y hubo gente que reconoció a los compañeros (los habrían visto por televisión), todo fue muy afectivo. Yo lo recuerdo así, al menos ese día.

¿Y qué te generó la figura de Raúl Alfonsín?

—Nunca tuve esperanzas en él. Pero hubo mucha gente que sí. Después con las leyes de Obediencia Debida y Punto Final la gente se puso muy mal, especialmente las Madres. Ellas tenían esperanzas. Cuando con el comienzo de la democracia se empezó a difundir más información, sobre los campos de concentración, las torturas, y admitieron que ya no iban a encontrar a sus hijos, hubo madres que se pusieron muy mal, se deprimieron. 

Alfonsín tenía un discurso de que apoyaba a las Madres, a los derechos humanos. Creo que las únicas que vieron bien que no se iba a llegar a nada fueron las Madres de Buenos Aires. Muchas no quisieron ir a declarar. Es cierto que siempre pedían más, porque tenían claro que Alfonsin más que nada era una puesta en escena. Igual sirvió. Salió el Diario del Juicio. Fue mucha gente a escuchar los testimonios. Después terminamos con lo de las leyes, con los levantamientos carapintadas, que también nos movimos un montón de gente. Y él terminó con lo de “Felices Pascuas”.

—Y luego, ya en el gobierno de Menem, los indultos coronaron ese proceso de impunidad…

—Recuerdo que en un principio yo no podía ni estudiar ni trabajar, porque me rechazaban por los “antecedentes penales”. Me decían que tenía que presentarme en el Servicio de Informaciones. Imaginate, no quería saber nada, pero un día me presenté. Empecé a estudiar y en el ‘85 a trabajar. 

Fue una etapa de estar mucho en la calle, tanto con los organismos como con el gremio docente, donde siempre fui delegada y también estuve en la Comisión Directiva. Estuvimos mucho en la calle por los problemas económicos. Cuando llegó el indulto fue un golpe muy duro. Hubo compañeros que lo aceptaron, con su posición política. Hicimos marchas. También hemos hecho marchas con la gente de las villas. Trabajábamos mucho en los barrios con nuestros alumnos. Yo seguía con la Madres, dando la vuelta (en la ronda de la plaza 25 de Mayo). Se hacían actividades. Las Madres también se ocuparon de esos temas. Recuerdo una marcha con una villa a la que querían sacar de su lugar. Me acuerdo que cantábamos «queremos las villa, queremos la villa», y Esperanza (Labrador, de Madres) me dice: «Hay dios mio, mirá lo que estamos cantando, pobre gente». 

Desde el 85, que en enero ya se constituyeron como Madres (en Rosario), yo ya empecé a militar con Madres.

Ana Moro | Foto: Maia Basso

—¿Después de ese auge al inicio de la vuelta de la democracia, hubo como una desazón en el movimiento de derechos humanos, cómo fueron esos altibajos en la lucha?

—Si. Hubo épocas en las que estuvimos muy solos. En la época de Menem bastante sólos.

Para los 20 años, me acuerdo haber hablado con Peti (Élida) Gorosito de que teníamos que hacer un gran acto, que no podíamos ser tan poquitos como el año anterior, recuerdo que nosotros con el gremio (Amsafé) habíamos ganado la provincia. Se trabajó mucho para los 20 años, con Familiares pero también dentro del gremio, en el local de Amsafé. Y bueno, se sumaron los Hijos. Ahí me di cuenta que no nos iban a derrotar. Y ahora con los nietos, menos. Aquel acto hubo mucha gente, la marcha terminó en la plaza 25 de Mayo, la plaza de las Madres. Los chicos, en ese momento de los noventa, habían estado movilizado mucho con los problemas de los estudiantes, yo acompañé muchas marchas, que eran tan coloridas y alegres. Habían vuelto las agrupaciones estudiantiles, los centros de estudiantes. 

—¿Cuál es el momento en el que vuelven a tomar fuerza esas banderas que ustedes nunca dejaron de sostener?

—Cuando asume Néstor (Kirchner) hubo un cambio radical. Como yo soy bastante caprichosa, cuando vino Néstor por primera vez cómo Presidente, el 20 de junio, que mandó una combi a los organismos para que fuéramos a conocerlo, yo no fui. Justo ese día es mi cumpleaños y el de mi hermana, pero además la fecha en que murió mi madre. No es un día muy amable para mi. Y yo todavía no le tenía tanta confianza a Néstor, no lo conocía. Y me perdí de conocerlo. Después pasó el tiempo y nos convenció a todos, con todo lo que hizo. Yo que nunca fui peronista y no soy peronista. Pero avanzamos un montón. Pudimos realizar los juicios que ya lo dábamos por perdidos. Estaban los juicios por la verdad que no eran punibles. Con Néstor empezó otra historia. 

Siempre digo que es muy importante tener líderes. Néstor fue un gran líder. Y Cristina también. Hay que recordar que veníamos de desilusión en desilusión, del 2001. Con Néstor vimos que las cosas se podían cambiar, que se podían solucionar un montón, no sólo el juicio y castigo, sino los derechos básicos de las personas; de alimentación, de salud, de educación. Eso ilusionó a mucha gente, a muchos jóvenes. También a nuestra generación, mucha gente que ha militado en la izquierda, en el PRT, hoy está con el gobierno popular.

—¿Y cómo es hoy, después de haber militado tanto con las Madres, seguir sosteniendo la ronda de los jueves ya sin que ninguna de ellas pueda participar? 

—Sostener la ronda todos los jueves fue un pedido de las Madres, especialmente de Norma (Vermeulen). Ella nos hizo prometer que no íbamos a dejar la plaza, que con Macri se había convertido en un lugar de referencias y movilizaciones de todo tipo, cuando todavía estaban las Madres. Ahora con la pandemia estamos un poco sin vernos, sin poder hacer muchas cosas, pero esperamos poder seguir y no dejar la plaza. 

—¿Además de las banderas históricas, cuáles te parece que son hoy las luchas más importantes que debe impulsar el movimiento de derechos humanos? 

—En este momento, y estamos vinculados, me parece muy importante acompañar a los familiares y grupos que trabajan contra la violencia institucional. Ellos necesitan que los acompañemos. Son gente muy humilde. 

Creo que ante cualquier violación de los derechos humanos tenemos que pronunciarnos, no sé si podremos logra evitarlos, pero si tratar de que haya justicia. 

También nos pronunciamos contra el desalojo en Guernica. No nos gusta (Sergio) Berni, a pesar de que está con (Axel) Kicillof. Y todas las cosas que no nos gusten las vamos a marcar. Ya te digo, yo no soy peronista, pero Néstor dijo que no quería soldados, dijo que quería personas críticas.

Por otra parte, creo que hoy tenemos que apoyar a Alberto. Siento que está un poco solo. Y que le ha tocado una época terrible, con una economía mundial a la baja, la Argentina con cantidad de desocupados, con la necesidad de poner dinero para la salud, para la gente más necesitada. Pero como esto (la pandemia) no se termina… Si seguimos así, va a haber que poner más esfuerzo para tratar de sacar adelante a este país y tratar de ayudar a la gente que más lo necesita.

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