Daniel Siñeriz habla fluido, sencillo y claro, con la experiencia obtenida en sus más de cuarenta años de cura. Dice que se está por jubilar, aunque al toque reconoce que seguirá con sus columnas radiales y estudiando sobre historia precolombina. “Me interesa mucho cómo era la cultura, la religión, cómo vivía la gente antes de la colonización”, cuenta en su departamento, rodeado de una colección de mates. Una tarde calurosa de diciembre, 24 horas antes de Navidad, el sacerdote se dispuso a reconstruir su biografía, atravesada por una concepción profundamente política del cristianismo, justo un día antes del festejo de cumple de Jesús, su principal profeta, a quien considera un antiimperialista y antisistema.

—¿Cómo comienza la historia del padre Siñeriz?
—Con la primaria en el Colegio San José de Rosario. Después, de joven en la parroquia Cristo Rey de Fisherton, tuvimos la suerte de tener un cura muy activo, muy allegado a los jóvenes, muy comprometido también, que nos hacía participar mucho. Era novedoso, se salía de todos los paquetes. Se llamaba Libio Gorza, era además un gran artista que dejó plasmado en Cristo Rey una obra plástica que hay que ir a ver.
El Colegio San José lo terminé en el año 61, la primaria. Y el seminario en el año 74, en Capitán Bermúdez.

—¿En tu casa eran religiosos? ¿Había una identidad política marcada?
—Si. Mi papá era sindicalista, era ferroviario, militaba en la Fraternidad dentro de la línea cristiana. Formaba parte de un grupo que incluso se movía a nivel internacional, Acción Sindical Argentina (ASA), que tenía su base en Argentina pero que tenía contactos en otros lugares. Pero más que el sindicato, para mi viejo el compromiso era con toda la comunidad: el club, la parroquia, el sindicato, la Fraternidad. Estamos hablando de barrio Fisherton, de la parte más laburante.

—¿El colegio San José fue importante en tu recorrido de vida?
—Si, incluso porque dejó una punta, que después la retomo con Edgardo Montaldo (cura villero y referente histórico del barrio Ludueña), que fue maestro mío en quinto grado. Nos volvimos a encontrar en Zona Norte, cuando yo estaba en la parroquia Santa Agripina, y ahí seguimos ese vínculo. Una de las últimas personas que pudo hablar con él, cuando estaba internado en un geriátrico, fui yo. Él me llamó para hablar, casi como haciendo su despedida.

Imagen: Maia Basso

—¿Qué referentes sentís que te han marcado?
—En la etapa formativa, Libio Gorza, que marcó lo que significa el entusiasmo juvenil. Yo visitaba un barrio para llevar la catequesis y eso marcó un compromiso. Después un sacerdote que vino de Estados Unidos, contratado para hacer el trabajo de formación del seminario, fue una cosa un poco extraña en ese tiempo, pero un tipo muy comprometido que a los estudiantes les propuso que todos los fines de semana teníamos que ir a los barrios, nos empujó al contacto directo con la gente, a escuchar a la gente.

—Debe ser complejo, en plena adolescencia, tomar decisiones de vida tan profundas, ¿qué fue lo que te llevó a ser cura?
—A mi me marcó el ver a un cura que le había encontrado sentido a su vida y que era un entusiasta de todo lo que hacía. Ese espíritu que le ponía a todas las cosas me hizo pensar que podía ser una buena forma de vivir. Ese estar siempre al servicio de los demás, siempre con alegría y feliz. Y creo que también el sentido del compromiso de mi viejo son cosas que van empujando también, que te van formando. Más que nada eso: estar al servicio de las personas para ayudarlas a ser feliz. Ese sería el punto de arranque.

—¿Cómo fue hacer el seminario en aquel contexto de los 60-70, tan marcado por grandes debates y tensiones políticas en todos los órdenes de la vida?
—Vamos a poner un mojón, que es el Concilio Vaticano II, que termina en el 65 y pone en marcha una serie de transformaciones que son realmente una conmoción en la estructura de la Iglesia. Eso se va reflejando en todos los lugares y en Rosario tuvo una repercusión muy fuerte, en tiempos del Obispo (Guillermo) Bolatti. Renuncian 30 sacerdotes en ese época, nosotros recién estábamos en el seminario y veíamos ese escenario conflictivo.

—¿Qué pasó con esos sacerdotes?
—De todo pasó. Muchos de ellos se casaron. Otros siguieron sus ministerios en otros lugares, después volvieron a la diócesis de Rosario. El conflicto era la reforma o la no reforma. La exigencia de los cambios que ellos planteaban se encuentra con una figura inflexible que no supo manejar el momento y que perdió 30 sacerdotes en la mejor edad. Esa crisis, que también había atravesado a los jóvenes en la Acción Católica, también atravesó el seminario antes de que entráramos nosotros. El año anterior se fueron más de la mitad de los seminaristas que estaban estudiando.
Eran los tiempos de cambio, la búsqueda de un compromiso de la Iglesia más cercana a los pobres, a la situación de injusticias. Todo eso se venía gestando muy fuerte sobre todo después del Concilio de Medellín, que tiene definiciones muy comprometidas, casi poniendo un punto de inflexión. Muchos obispos hicieron caso omiso de eso, pero los sacerdotes con compromisos barrial, social, empujaron la posibilidad de ese cambio necesario.

—¿Vos te sentiste interpelado por esas ideas?
—Claro, si. Con la suerte de que nosotros tuvimos en el seminario formadores como este que te comentaba, Lorenzo, que venían con la impronta de los cambios y de la novedad, en sintonía con ese espíritu de cambio. Y esa experiencia fue frustrada y se volvió para atrás. Yo entré en el seminario en el 68 y terminé en el 74. Esa experiencia fue aislada y luego se retrotrajo. Pero para nosotros que la pudimos vivir de cerca, fue suficiente como para mantenernos en un espíritu de cambio.

—¿Cómo siguió tu camino una vez salido del seminario?
—Fue muy variado. Los primeros meses estuve en Granadero Baigorria. Después en la Parroquia del centro de Rosario, Santa Rosa, de Mendoza y Entre Ríos; ahí estuve dos años y medio, eso me forjó mucho. Después de ahí pasé a Casilda, estuve siete años ahí. Todo el tiempo del proceso lo viví allá. Ahí trabajé mucho y aprendí lo que es la participación de los laicos en la Iglesia.

—¿De qué manera viviste ese período de dictadura, habiendo adherido a aquellas ideas de cambio y viendo lo que estaba pasando?
—Las experiencias más fuertes fueron contactos personales con gente que después desapareció, o gente que había estado cerca de…También hubo que arriesgar bastante, acompañar a la gente que venía herida por esa historia. En la Iglesia no había un espacio de clarificación, entre nosotros era un tema tabú, oculto. Después de un cierto tiempo empecé a ver todo lo que había significado y a tomar un compromiso con las cosas que siguieron.

—¿Y cómo llevaste esa contradicción en esa Iglesia, con cúpulas y referentes involucrados con la dictadura, mientras curitas comprometidos o militantes cristianos de base eran perseguidos o desaparecidos?
—Se vivía de una manera crítica, pero no había un encontronazo directo con esas situaciones. Si uno iba visualizando las cosas y viendo quien era quien. Con el tiempo se vio cómo actuó cada uno. Yo personalmente no supe estar atento a lo que podía significar una posición crítica. Si seguir de cerca y estar atento a los personajes de la Iglesia que se movían con un planteo crítico, como (Miguel) Hesayne, (Jaime) De Nevares, el mismo (Enrique) Angelelli, (Jorge) Novak, que para nosotros eran referentes en los que veía mucho compromiso.

—¿Después de Casilda cómo continuó tu recorrido?
—Seguí en Oliveros. Me tocó ser capellán del Hospital Psiquiátrico. Pudimos hacer una experiencia muy importante con los pacientes. Hacíamos celebraciones, catequesis, la sorpresa que recibíamos de esas personas en un estado de sufrimiento muy grande. Fue un espejo muy fuerte. Luego en el 91 vine para Alberdi en Rosario, en la parroquia Santa Agripina donde estuve 13 años y luego en Nuevo Alberdi 16 años.

—Tal vez ahí es de dónde emerge al conocimiento más público el padre Siñeriz, acompañando reclamos y demandas sociales…
—Si, ahí, cerca del 2000, empieza una etapa muy interesante para mi, porque le pongo el acento a un aspecto de la vida del sacerdote que no es tan considerado o que es considerado de una manera clásica, y que es la dimensión profética. La misión del profeta tiene que ser una crítica que apunta al desmantelamiento del sistema. En la Biblia lo vemos en la figura de Moisés y después en la figura de Jesús, pero también en la de todos los profetas. Los profetas son la conciencia de Dios y la conciencia del pueblo. Son capaces de visualizar en el pueblo los procesos históricos, a dónde apuntan y qué sentido tienen. El profeta es el que denuncia los falsos dioses que sostienen el sistema. Hoy, el dinero. Yo apunto a ese falso dios. Y denuncio que el dinero está puesto en un lugar que no corresponde.

—¿Cuánto tiene que ver esa concepción con la Teología de la Liberación?
–La Teología de la Liberación es eminentemente profética. Parte de un hecho claro que es la opresión social, esa era la palabra clave en ese momento, y apunta a una alternativa que ese es el segundo aspecto de la dimensión profética. La crítica hasta el desmantelamiento, la propuesta alternativa y después la animación de la comunidad para llevar adelante la propuesta alternativa. Eso es lo que hizo Moisés, lo que hizo Jesús y lo que hicieron los profetas.

—¿Y en Nuevo Alberdi te encontraste con la posibilidad de trabajar desde esa dimensión profética?
—Ya desde antes, cuando estaba en Santa Agripina llevamos adelante con un grupo de sacerdotes y laicos un proceso de cambios dentro de la Iglesia en Rosario, que no tuvo mayores repercusiones, que venía de una experiencia de unos cinco años de intentar descentralizar el poder, de dar más participación a la gente en la parroquia, de hacer que la parroquia vaya a la gente y no alrevés. Eso nos marcó muchísimo con un grupo de sacerdotes.

—¿Qué otros sacerdotes participaron de ese proceso que recuerdes?
—Claudio Castricone, Salvador Yaco, Adolfo Segobia, Jorge Aloy. Y eso nos llevó, en los años 97,’98 y 99 a hacer una propuesta a nivel de toda la diócesis, que no tuvo mayores repercusiones, que quedó medio frustrada.
Después en el 2000 me contacto con gente que estaba en esto de los remates de la vivienda única. También había gente de la parroquia afectada con ese tema. También gente de la pequeña y mediana empresa. Hasta que después empiezo a participar del Frente Nacional contra la Pobreza (Frenapo). El 11 de septiembre de 2001, cuando voltean las Torres Gemelas, salíamos de la plaza de Congreso, 11 caravanas en colectivos para todo el país, con la propuesta del Frenapo. Ahí estaba el compromiso a flor de piel, con una propuesta que era superadora de la pobreza, que después los gobierno siguientes la fueron tomando por pedacitos, hasta nuestros días, como la Asignación Universal por Hijo. Pero era una propuesta integral, con un seguro de empleo y formación.
En 2007 trabajamos con el Banco Popular de la Buena Fe, inspirado en Muhammad Yunus. En Nuevo Alberdi trabajamos eso. Sobre la base de la Educación Popular, se fue forjando el banco. Duró siete años en la capilla San Joaquín y Santa Ana, con un equipo de gente que eran responsables de la formación y capacitación de los grupos.
También en aquel 2007 vino la inundación. De allí nos quedó el compromiso de buscar no subsidios sino el resarcimiento para la gente afectada. Es resarcimiento porque es una cuestión de justicia. Son obras que debieron estar hechas, por eso se inundó el barrio, por eso el Estado tiene que responder. Más de mil personas fueron resarcidas por el gobierno municipal. Pero después empezamos a luchar para que se hagan las obras que no se habían hecho. Y en eso la lucha fue muy despareja, porque en eso estuve muy solo.
Ahí me di cuenta de una cosa muy fuerte que para mi es la mayor de las pobrezas: a la gente le cuesta mucho en los barrios luchar por algo a mediano o largo plazo. Su vida está cifrada en 24 horas. El horizonte de su vida son 24 horas. Yo les pedí un compromiso que lo tuve que llevar adelante casi solo. Fueron tres años. Con algunos campesinos y algunos vecinalistas estuvimos pidiendo las obras que se empezaron a hacer a lo largo de todo el arroyo Ludueña y la desembocadura del canal Ibarlucea, hasta que se hizo el aliviador N°3, que era la primera etapa de una obra comprometida que la segunda etapa no se hizo.

Imagen: Maia Basso

—Para alguien que tiene tu concepción de la misión sacerdotal, o profética, ¿qué significan estas fechas de Navidad y Año Nuevo?
—En primer lugar la fecha remite al momento en que se produce la primera Navidad y que es un momento muy condicionado también, en tiempos del imperio Romano, un imperio sumamente opresor, en un contexto religioso en consonancia con el imperio, que es eso lo que después Jesús va a enfrentar. Y el mismo imperio se vuelve contra él. Herodes busca a Jesús para matarlo, porque según la tradición, los reyes o los magos que lo vienen a visitar desde Oriente pasan primero por el palacio de Herodes, y le hacen saber que hay una estrella muy especial, y que vienen a ver al rey. Ahí Herodes se pone loco. Lo primero que le pasa a ese niño es que el imperio lo quiere perseguir para matarlo. Esto me parece que hoy día tiene una vigencia muy fuerte.
Hoy nadie quiere o nadie puede enfrentar la pobreza en este momento, darle un camino de solución. Estamos amenazando a ese niño que va a nacer pobre, va a crecer pobre y posiblemente va a morir pobre. A mi me remite a esa cuestión. No sea cosa que estemos creando las condiciones para que los niños no vengan, que es otro tema que habría que tratarlo aparte.
Frente al hecho de la Navidad, donde hay un niño que no tiene dónde nacer, en las peores condiciones porque su madre era soltera, ese niño que está amenazado me hace pensar en todos los niños amenazados por la pobreza, que tienen su vida amenazada de indignidad, o de miseria en algunos casos. Nosotros vamos a renacer como humanidad cuando sepamos ocuparnos en serio de todas esas cosas.
Toda esta temática de los derechos del que no se puede defender a mi me toca muy personalmente. Yo siempre me pongo en el lugar del que no tiene voz.
El que tiene voy yo lo aliento a que la use. Pero al que no tiene voz sí lo voy a reemplazar, y voy a exigir que haya vida donde esa vida está amenazada. Más allá de celestes y verdes, que a mi no me interesa, lo importante es debatir y trabajar sobre las causas. La alternativa es el cuidado completo de la vida de todas las personas, especialmente de los pobres.

—¿Cuándo termina el trabajo del cura, cómo se jubilan?
—Justamente me estoy jubilando en el Hospital Agudo Ávila. Hoy estuve atendiendo por teléfono a un paciente. Me estoy jubilando pero estoy buscando qué actividad dentro de mis límites puedo desarrollar en este tiempo. Me voy a dedicar a los medios de comunicación y a la formación. Me interesan mucho las culturas precolombinas, cómo era la cultura, la religión antes de la colonización, cómo vivía la gente. Por eso a una de mis columnas en los medios le llamaba La Tierra si Mal, que era lo que perseguían los guaraníes. Vinieron desde las Antillas buscando la Tierra sin Mal. Ese es el tema que a mi me apasiona. Qué pasaba antes de que llegaran los conquistadores, la Iglesia, y hay cosas maravillosas.

—¿Qué mirada tenés con respecto al Papa Francisco?
—Cuando lo nombraron Papa pensé: «ojalá que inicie proceso de transformación». Y yo creo que es lo que está haciendo. Porque la Iglesia es una entidad de siglos y hay costumbres y cosas y hasta caprichos seculares en la Iglesia, es muy difícil poner en crisis todo eso. Y este hombre los está poniendo en crisis.

—¿Como cuáles caprichos?
—Por ejemplo el sentido del poder en la Iglesia. Está repartiendo el poder y está haciendo participar en la curia Romana, en la Secretaría de la Curia, a muchas mujeres por ejemplo. Pero también cómo él se hace aconsejar y como hace participar a gente de distintos lugares. Y las enseñanzas. Por ejemplo la Laudato si’, sobre el cuidado de la casa común, esa encíclica para mi es un programa. Y la última sobre la fraternidad y la amistad social es todo un programa. El tipo es capaz de diseñar todo un programa para la humanidad, y esto me parece una cosa fantástica. No es sólo la posición crítica de lo que está mal y está bien. Hay una propuesta, vamos por acá. Es lo que decíamos de los profetas, la propuesta está planteada. Por dónde puede ir la humanidad en el cuidado de la biosfera. Dice: «estos son los problemas, estas son las posibilidades, estas son las herramientas». ¿Por dónde puede ir una humanidad deshumanizada e individualista? Por el camino de la fraternidad, de la amistad social. Hay una alternativa que el tipo plantea con mucha claridad.

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