Yo no sé, no. Las cortinas de esa panadería eran para nosotros la mejor señal, pues según su posición sabíamos si estaba abierta o cerrada. Eran unas tiras como de lana, de color marrón. Pedro, los sábados sólo se levantaba temprano si le decían que vaya a comprar pan, bizcocho y algunas facturas. Y ese primer sábado de agosto, como teníamos visita, las facturas serían abundantes. Eso pensábamos, pero la madre de Pedro eligió a la hermana para ese mandado porque tenía más criterio y compraría lo justo.

A eso de las 9 de la mañana, sentado en la vereda, Pedro y yo vimos doblar por Rodríguez a la privilegiada con un gran paquete blanco con las típicas cintas de envolver dulzuras. La incertidumbre que teníamos en ese momento era si habría en ese paquete suficiente cantidad y si vendrán las que más nos gustaban.

Otras panaderías y otros agostos serían parte de nuestras vidas y ya estando en el sur de la ciudad, a diferencia de donde veníamos, teníamos unas cuantas que desde las 4 de la mañana soltaban su olorcito a horno dulce. Además, cada una tenía algo que la distinguía: por Rivas llegando a Constitución, si uno quería varillas (baguette) había que ir temprano; en Biedma y pasaje Santa María, los scones eran y son innegables; los bizcochos salados en Biedma casi Iriondo; las tortitas negras en  Rivas y Suipacha; el pan de horno de leña en Iriondo pasando Biedma. Y las mejores medialunas en lo de Claudio, en Iriondo casi Plaza Santa Isabel de Hungría.

Con el tiempo algunas cerraron o cambiaron de dueños o de maestro pastelero. Lo cierto es que nosotros estamos convencidos que en aquellos lugares donde hubo una, todavía queda el calorcito de un horno que se resiste al olvido.

El otro día, mientras escuchábamos a una señora comprando y nombrando a cada factura por su nombre –cosa que con Pedro nunca aprendimos, sólo sabíamos tres o cuatro nombres: tortita negra, bolas de fraile, vigilante, las de hojaldre, creo que jesuitas, y los panes que eran tres: el felipe, la varilla y el caserito– la oíamos con asombro por la sabiduría y la memoria de esa mujer.

Pedro murmura casi en voz alta: algunos nos dicen que el horno no está para bollos. Y mirando hacia aquella esquina donde supo haber un calorcito a pan, me dice, hay que insistir, no hay que resignarse a las pocas y caras facturas. Lo bueno y necesario que sería que volvamos a meter las manos a la tarea de amasar una Patria en la que el trigo se convierta en harina y la harina en esas delicias dulces a elegir (facturas) y en un pan. Un pan que nunca falte en nuestras mesas. Es lo urgente y a la vez lo importante, lo demás se puede charlar.

Son las 10.30 y llegamos justo a la última docena de facturas, para terminar este 4 de agosto, Día del Panadero. En octubre es el Día del Pan. Quién te dice, una de esas, este octubre nos agarra amasando nuestro propio destino, termina diciendo Pedro con el optimismo invisible.

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