El lunes pasado se llevó a cabo en los tribunales federales rosarinos la tercera audiencia de testimoniales en el marco de la megacausa Guerrieri IV. La emoción volvió a inundar la sala. Las audiencias continuarán el lunes 19.

Como viene ocurriendo cada lunes en una de las salas del primer piso de los tribunales federales de bulevar Oroño al 900, los relatos de familiares y allegados a las víctimas de la megacausa conocida como Guerrieri IV generan mucha emoción entre los presentes que ocupan los apenas 16 lugares ubicados al otro lado del vidrio. Los que van a hacer el aguante o acompañan a quienes van a declarar, esta vez también aplaudieron al final de cada testimonio, hasta que la presidenta del tribunal pidió silencio en la sala.

Una patria justa, libre y soberana

María Rosalina Tripolone, viuda de Carlos Schreiber, contó vía zoom y desde Barcelona que conoció a Carlos cuando tenían apenas 11 años de edad. “Éramos vecinos, amiguitos, y a los 13 ya éramos noviecitos. A los 20 nos casamos y a los veinte días lo secuestraron”, rememoró Tripolone, y detalló: “Vivíamos en Morón, Carlos trabajaba en una fábrica de venenos que se usaban en fumigaciones y tenía su propio camión con el que viajaba a Rosario y a Córdoba, y en uno de esos viajes a Rosario, el 4 de diciembre del 76, no volvió más”. María dio cuenta de la militancia de ambos en aquella época: “Éramos peronistas, íbamos a todas las marchas y peleábamos por una patria justa, libre y soberana. Él llevaba propaganda de Montoneros en los viajes”. El 15 de diciembre de aquel año, María leyó en las noticias que a su compañero lo habían asesinado junto a otra persona de nombre Segismundo Martínez en un enfrentamiento. “Era todo mentira porque los padres de Carlos ya lo buscaban en Rosario, incluso presentaron habeas corpus y en todas las dependencias lo negaban. Luego de la noticia del supuesto enfrentamiento, les entregaron el cuerpo y mi suegro le pagó a una persona para que lo revisara. No tenía ningún signo de haber recibido balazos, pero sí de torturas: quemaduras en las plantas de los pies, en los testículos, en las axilas, en la ingle y la ropa que tenía puesta no era de él. El 24 de diciembre lo velaron en Morón”. María también relató cómo se enteró del secuestro y los momentos siguientes: “Carlos había viajado con un compañero y esta persona se quedó en el camión que estacionaron a una cuadra del lugar en el que iban a entregar las propagandas y vio cómo lo metían en un vehículo a la fuerza. Entonces se volvió a Buenos Aires, nos vino a avisar y nos dijo que nos vayamos de casa. Héctor le decían. Me fui a lo de mi mamá pero como vi un Falcon dando vueltas estuve deambulando un tiempo hasta que me vine a España”. Al poco tiempo, el hermano de Carlos, Jorge Alberto, también fue desaparecido. “Mi pena era doble, por un lado mi tristeza y por el otro pensar en mis suegros que se habían quedado solitos, así que me volví a la Argentina para acompañarlos. Teníamos el alma rota”. Para finalizar, María agradeció la realización del juicio y sentenció: “Espero que los responsables paguen por sus crímenes. Las ideas no se matan. Fue un genocidio”.

El amor de una abuela

Posteriormente, se vivió uno de los momentos más emotivos de la jornada cuando Karina Eva Tripodi ingresó a la sala para brindar su testimonio sobre el derrotero de sus padres Daniel Tripodi y Miriam Nencioni. “Mi papá era de Pavón Arriba pero como no había secundaria se fue de pupilo a un colegio de Álvarez, de donde era mi mamá, y se pusieron de novios muy jovencitos”, contó Karina y, tras aclarar que tenía una mezcla de recuerdos y relatos, detalló: “Vivíamos en una planta alta en una cortada a la altura de 24 de Septiembre y España. Volvíamos de festejar el año nuevo con amigos y a la madrugada escucho que alguien hablaba por un altavoz. Después mis padres nos llevan al baño con mi hermano Juan Pablo que tenía dos años y medio (yo tenía cuatro y medio) y ahí escuchamos explosiones, disparos. Me acuerdo del olor a humo y agua en el piso. Lo próximo que recuerdo es que un oficial nos lleva a la casa de una vecina donde dormimos esa noche y donde había unas sábanas muy blancas. Después nos llevaron a un lugar muy oscuro. Dormíamos en el piso y yo no le soltaba la mano a mi hermano. Había muchos chicos y chicas”. A los presentes en la sala los conmueve la bondad con la que Karina relata esos momentos de horror. “Un tiempo después nos buscan mis abuelos paternos y vamos a Pavón Arriba. Yo lloraba, preguntaba por mi mamá y me orinaba en la cama. Recuerdo estar muy angustiada. Antes de cumplir 9, mi abuela nos contó lo que pudo y nos dijo que había cartas de mi mamá que cuando fuéramos más grandes nos las iba a mostrar. Por supuesto las empecé a buscar cada vez que podía, y a los 11 las encontré”. En esas misivas, según el relato minucioso y pausado de Karina, su madre narraba que esa madrugada del primer día de 1977 su padre logró distraer a quienes llevaban a cabo el procedimiento para que ella pudiera escapar y que alcanzó a ver cómo le disparaban a él en la sien mientras estaba arrodillado. “También quería que supiéramos de su lucha, de su convencimiento. Nunca más supimos nada de ella ni de lo que pasó”, se lamentó Karina. 

Foto: Manuel Costa

Otro momento de muchas sensaciones fue cuando contó que su abuelo se lanzó a un incansable peregrinar para recuperar el cadáver de su hijo y que en el 79 le entregaron unos restos, que le hicieron reconocer pese al deterioro evidente. Los inhumaron en Pavón Arriba. “Años después supimos que no eran los de mi papá, los de mi papá estaban en una fosa común en el cementerio La Piedad”.

“Mi infancia fue viendo una familia destruida. Mi abuelo se dejó morir con apenas 61 años y si no fuera por el inmenso amor de mi abuela, no sé si hubiéramos sobrevivido. Viví la crueldad de otros niños”, confesó Karina. Después se vino a vivir a Rosario, se contactó con organismos de derechos humanos y hasta conoció a “la mujer que vivía abajo, de apellido Massetti, que me contó, desde su vivencia, esa noche”. Luego vendrían los Juicios por la Verdad, investigaciones con abogados y encontrar la noticia del procedimiento en La Capital: “Masculino abatido, femenino escapó. Nada de niños”, fustiga Karina, y agrega: “Al tiempo supe que estuvimos 15 días en la comisaría 5ta”. Ese era el lugar oscuro después de las sábanas blancas. En 2006, a partir de los estudios de ADN que se realizó junto a su abuela, su tía y su hermano, les confirman que los restos que descansaban en Pavón Arriba no eran los de su padre. “Pasó a estar desaparecido. Otro shock, otra búsqueda más”, sentenció Karina, y añadió: “En 2015 por fin identifican los verdaderos restos y eso fue muy reparatorio. Sigo esperando encontrar los de mi mamá”.

“Tarda en llegar la recompensa”, deslizó Karina sobre el final de su sentida declaración y haciendo referencia a la posibilidad de estar juzgando a los asesinos de sus padres, pero aclaró: “La recompensa sería que se arrepientan, que hicieran una autocrítica, pero estos juicios ayudan a reparar. El mundo nos mira con admiración por estos juicios”. Karina, antes de levantarse, leyó un conmovedor texto que había escrito cuando se identificaron los restos de su padre y arrancó la primera ovación de quienes seguían su testimonio separados por un vidrio y portando, en pancartas, imágenes de víctimas del terrorismo de Estado.

Las caras de las fotos

Luego llegó el turno de su hermano, Juan Pablo Tripodi, quien declaró vía zoom, y visiblemente conmovido, desde Paraná. Juan Pablo, que tenía poco más de dos años en ese para nada feliz año nuevo de 1977, contó lo que sabía de su historia. Que su papá era artista, “conservo algunas pinturas y una escultura”, que tenía “un gran sentido de la justicia”, que su militancia “venía de la Acción Católica” y que “su seudónimo era Juan Carlos Arnold”. Recuerda las cartas y admite que “recién las pude leer este fin de semana después de muchísimo años”, antes de quebrarse por enésima vez en llanto. “Muchas veces les reproché que hayan puesto sus ideales por sobre sus vidas y por sobre la posibilidad de criarnos por más tiempo”, confiesa después y suelta frases y sentencias que quedan flotando en el aire por un rato largo: “Los sueño con las caras de las fotos del casamiento”. “Con la vuelta de la democracia creía que mi mamá iba a volver”. “Mis padres viven en nosotros, su lucha no fue en vano”. “Soy una persona feliz y muy orgullosa de sus raíces”. “Ojalá que se haga justicia”. Otra vez la ovación, otra vez la jueza pidiendo “silencio en la sala”.

Los verdugos sueltos

Acto seguido Sandra Tripodi declaró de manera presencial y contó que “mi hermano Daniel era militante político, Montonero”, que “empezó a militar en la facultad de Veterinaria en Esperanza”, que “tenía mucha formación” y que “quienes lo impulsaron son curas tercermundistas”. Tras aclarar que “soy 14 años menor pero recuerdo que Daniel vivió en diferentes lugares y usaba otros nombres, por la persecución”, Sandra menciona las cartas, en las que su cuñada contaba que había podido escapar y que “a Daniel le dieron un disparo de muerte en la cabeza”, y en las que pedía que fueran a buscar a Karina y Juan Pablo. “Acompañé a mis padres a buscarlos a un lugar oscuro, con colchonetas por todos lados y muchos niños”, coincide con la oscuridad mencionada por su sobrina, y confiesa: “Esa pérdida tan traumática, el ejercicio del silencio impuesto en esos tiempos, la impunidad, los verdugos sueltos, todo eso nos significó un daño muy severo en nuestro aparato psíquico”. Antes de concluir, Sandra remarcó lo doloroso que fue para su padre tener que ir a reconocer el supuesto cadáver de Daniel: “Hacer que un padre tenga que reconocer, entre cinco cuerpos irreconocibles, los restos de su hijo, es un acto violento que no tiene nombre”. Volvieron a tronar los aplausos en el recinto y luego prestó declaración presencial una vecina que alcanzó a ver el procedimiento de aquella madrugada. Esta mujer aportó que lo que vociferaban por los altavoces era “que salga la familia con los dos niños y por eso primero salió la familia que vivía abajo” y que “a Daniel lo mataron a la vuelta porque salió corriendo”. Aquella maniobra de distracción de la que hablaba Karina para que Miriam escapara.

El último en brindar testimonio fue José Villarreal, quien juró “en memoria de Daniel Tripodi y los 30 mil compañeros”. José contó que conoció a Daniel por la militancia. “Yo estaba en la JP Rafaela y Daniel era un referente de Esperanza. No sólo compartíamos los ideales sino que nos hicimos amigos”, indicó, y detalló: “Trabajábamos en los barrios, estuvimos en el Luche y Vuelve, en las elecciones del 73”. Tras relatar su derrotero, “estuve un año secuestrado en la Jefatura, después me llevan a Coronda y ahí me entero que habían matado al Petiso”, y remarcar que “el plan de genocidio no empezó el 24 de marzo del 76 sino con las listas de la Triple A y sus socios de las Fuerzas Armadas. La represión tuvo una participación conjunta del ejército, las policías provincial y federal y la Justicia Federal, como el juez Brusa”, Pepe concluye: “En la última conversación que tuve con Daniel hablábamos de nuestras familias y él insistía con eso de que había que preservar al de mayor nivel dentro de la familia. Después, cuando me contaron todo lo que pasó, entendí que murió defendiendo a su familia”. Otra vez el estruendo y la emoción inundan la sala.

¿Qué fue de ese hijo?

Vale la pena destacar que al comienzo de la audiencia declaró Javier Canzari sobre el caso 

Isabel Soto y Héctor Cian, que venía de la semana anterior. Este joven contó que era vecino de “Lila, como le decíamos nosotros a Isabel” y recordó que “una madrugada, cuando yo tenía 8 años, se escucharon tiros y una explosión que parecía que se venía abajo la casa”, que “mis padres pusieron colchones en las paredes” y que “después entraron a la nuestra, con uniformes verdes, a revisarla”. “Se supone que Lila murió en el momento y a él se lo llevaron, pero nosotros eso no lo vimos”, admitió, antes de rememorar que “tenían un hijo más chico que yo y a Lila se le re notaba que estaba embarazada”, y que “a los días, y aprovechando que la medianera que compartían se había venido abajo, entramos a esa casa por el patio y estaba totalmente destruida. Ni un mueble quedaba. Recuerdo el olor que quedó en esa casa y siempre me pregunté qué fue de ese hijo”.

Las audiencias continuarán el lunes 19.

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