Yo no sé, no. Manuel vino con la noticia de que el tren pasaría por Lagos y Biedma y que ya había visto a varias personas esperando. Tiguín fue a ver las vías del tranvía 15, que años antes llegaba hasta Lagos y Quintana y tuvo dudas porque al verlas, José quería que el tren pasara por un viejo puente que estaba cerca del Saladillo, ahí donde desemboca en el Paraná. Raúl decía que por barrio Plata también comentaban lo mismo. “Y, si es así, podemos ir en tren a jugar los torneos a ese barrio”, decía. Carlos quería un tren que pasara por Pellegrini de punta a punta. “Para el laburo me quedaría re bien, porque la mayoría de los nuevos edificios están por esa avenida, y aparte ¿se imaginan llegar en tren a ver pelis al Sol de Mayo?, decía. Eva y Graciela querían uno que las llevara hasta las barrancas en el norte de la ciudad porque cuando se ponían a noviar se iban para aquellos lados, escapando de las miradas de sus padres. Ricardo pedía un tren que lo llevase al estadio Rosario Norte para ver boxeo y que también pase por Sportivo América y el Millia donde también había veladas de box. Juancalito y Laura querían uno para cruzar a la isla, nada de puentes para autos, sólo un tren para llegar hasta allá. Pedro quería ir en tren desde Iriondo y Riva hasta Avellaneda y Génova, para ver a Central de local o para ir a esa pequeña y hermosa playa que hoy es el caribe Canalla. 

Pasaron los días y el rumor del tren se fue apagando, como nuestro entusiasmo, hasta que una mañana de un frío sábado de julio la pequeña Susi vino gritando a viva voz: “¡Ahí viene el tren, viene por Biedma con Äiti (la abuela de Pedro), con mi abuela María!”. Al toque vimos al tren tan colorido como la ropa que usaban Äiti y María, era un tren que en su recorrido visitaba casi todos los barrios. Era el tren de la alegría.

Publicado en el semanario El Eslabón del 05/07/25

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